miércoles, 18 de junio de 2025

¿Qué perdemos si dejamos de escribir a mano?

En la era de la hiperconectividad, nunca escribimos tanto… y nunca escribimos tan poco con nuestras propias manos. La paradoja es elocuente: vivimos inmersos en pantallas, tipeamos sin cesar, pero un simple formulario en papel puede intimidarnos. ¿Qué implica esta pérdida aparentemente banal? ¿Qué dejamos atrás, además de la caligrafía?

Si cuantificáramos el número de palabras escritas en WhatsApp, mails, chats, foros o redes sociales, podríamos pensar que estamos atravesando una edad de oro de la palabra escrita. Sin embargo, al observar el instrumento —el cuerpo, la mano, el gesto, el trazo—, lo que se revela es una sustracción constante (la escritura se va despojando gradualmente del espacio escolar, familiar y cotidiano). Es decir, no es que desaparece de golpe, sino que se le van quitando funciones, momentos, legitimidad. Esta sustracción es inadvertida, no dolida, ni siquiera percibida.

¿Podrías recordar cuándo fue la última vez que escribiste más de una página a mano? ¿O una carta? ¿O una nota extensa con sentido reflexivo, más allá de una lista de compras? Si no podés, no estás solo. Un estudio de IPSOS ya mostraba que, hace una década, el 40% de los españoles había abandonado la escritura manuscrita casi por completo. Hoy, esa cifra sería probablemente mayor.

En Francia, el 78% reconoce escribir menos a mano que hace diez años. En Alemania, más del 50% de los estudiantes no puede mantener una letra legible durante media hora. En Reino Unido, tres de cada nueve adultos no han escrito una palabra a mano en seis meses. Este fenómeno no es caprichoso ni anecdótico: es cultural, generacional y transversal.

En América Latina, las diferencias en el acceso a la tecnología generan realidades escolares contrastantes. Por ejemplo, en zonas rurales del norte argentino, como en pequeñas escuelas de Catamarca o Jujuy, la caligrafía no solo es el primer contacto con la escritura, sino el único durante varios años. En una escuelita de montaña, una docente rural contaba que sus alumnos aprenden a escribir copiando oraciones de una pizarra, en cuadernos cuadriculados donados por el gobierno. La caligrafía cursiva se enseña con dedicación: cada trazo correcto se celebra. No hay fotocopias, ni impresoras, ni mucho menos computadoras.

Ahora, si contrastamos esto con algunas escuelas públicas en la Ciudad de Buenos Aires, donde en primer grado los niños usan notebooks del Plan Sarmiento desde el primer trimestre, las actividades con Word o con aplicaciones para tipear palabras y completar oraciones ya forman parte de las tareas regulares. Algunos docentes cuentan que alumnos que aún no escriben su nombre con claridad ya saben buscar emojis o juegos en los navegadores. En un caso concreto, una maestra relató que un estudiante pidió permiso para usar el teclado "porque escribir a mano le dolía".

Algo similar ocurre en ciudades como Bogotá o Lima, donde el acceso a celulares es generalizado incluso en sectores populares. En barrios periféricos, hay chicos que nunca tuvieron una computadora, pero dominan el teclado de un teléfono: escriben en WhatsApp con soltura, aunque no logren organizar ideas con lápiz y papel.

Por otro lado, en comunidades indígenas como las del Chaco paraguayo, la enseñanza de la escritura a mano convive con la transmisión oral de saberes. En esas aulas, escribir a mano es más que una técnica: es parte de una negociación cultural entre lo escolar y lo comunitario. Se escriben cuentos tradicionales, se copian canciones, se dibujan alfabetos bilingües (en español y lengua indígena), y todo eso se hace a mano. No hay impresoras ni celulares disponibles. La escritura es un puente entre lo ancestral y lo institucional.

Estos contrastes muestran que, en algunos lugares, la escritura manuscrita sobrevive porque no hay alternativa, mientras que, en otros, es desplazada antes de que llegue a consolidarse. La brecha no es solo de acceso a la tecnología, sino del vínculo con el cuerpo, con la lengua y con el tiempo del aprendizaje.

Más que nostalgia: lo que se pierde no es (solo) la letra

Abandonar la escritura manuscrita no es únicamente dejar atrás un modo de trazar palabras, sino también el hecho de renunciar a una forma de pensamiento. Escribir a mano no solo involucra psicomotricidad fina: activa redes neuronales más complejas, exige una relación temporal distinta con el lenguaje (más lenta, más introspectiva) y permite otra apropiación del conocimiento.

Los estudios son claros. Por ejemplo, Mueller y Oppenheimer (2014) demostraron que los estudiantes que tomaban apuntes a mano retenían y comprendían mejor que quienes usaban computadoras. No por tradición, sino por funcionamiento cognitivo: escribir a mano nos obliga a procesar, reformular y sintetizar, mientras que tipear puede volverse una actividad mecánica.

En contextos educativos, esto no es menor. Mientras países como Finlandia anuncian que ya no enseñarán caligrafía cursiva, otros como Suecia vuelve a priorizarla ante la caída del rendimiento lector. ¿Estamos frente a una pedagogía del descuido?

Lo que se automatiza también se ¿disuelve?

La escritura digital, por su eficiencia, seduce. ¿Para qué escribir a mano si una IA puede transcribir nuestra voz, resumir textos o generar párrafos completos? Pero esa lógica de la productividad ignora lo que la escritura lenta permite: rumiar, equivocarse, tachar, dejar madurar una idea. Lo manuscrito tiene cuerpo, tiempo y pausa.

En esta transición, también la dimensión identitaria y emocional de la escritura se diluye. Como advierte Germán Belda, grafólogo: "La letra es como una huella dactilar".

La escritura digital homogeniza. Las letras son iguales en Word que en WhatsApp.

El yo se estiliza, pero se vuelve invisible.

Educación, mercado y cuerpos: ¿quién decide qué habilidades se pierden?

El debate no es solo cultural, es también político. ¿Qué tipo de sujeto forma una educación sin escritura manual? ¿Un consumidor digital más veloz, más eficiente, pero menos reflexivo? ¿Qué lugar queda para el error, el margen? ¿Dónde se forma la paciencia cognitiva, en un mundo que exige inmediatez?

La decisión de algunos gobiernos de abandonar la caligrafía responde a presiones del mercado laboral y a una lógica tecnocrática que confunde alfabetización digital con desarrollo intelectual. Pero no toda adaptación es evolución. Y no toda tecnología mejora la educación.

La psicopedagoga Sylvie Pérez propone un modelo híbrido, donde la escritura a mano conviva con herramientas digitales. Pero, ¿cómo sostener eso cuando en muchas escuelas los docentes ya no exigen caligrafía ni redacciones manuscritas? ¿No es acaso una renuncia progresiva, disimulada bajo el velo de la modernización?

Entre Matrix y Platón: cuerpo, mente y lenguaje

Las distopías digitales ya lo imaginaron: mentes separadas del cuerpo, donde el lenguaje flota en la nube, desmaterializado. Pero el pensamiento humano no es solo lógico. Como en la alegoría de la caverna, si solo vemos sombras en pantallas, ¿qué formas verdaderas estamos dejando de tocar?

El teclado no reemplaza al trazo, como la velocidad no reemplaza a la profundidad. Es posible que la escritura manuscrita se convierta en una práctica minoritaria, casi artística o ritual. Pero es urgente reflexionar qué consecuencias tiene eso para nuestra memoria, nuestra identidad y nuestra autonomía como sujetos.

Reivindicar la escritura a mano no es nostalgia, ni rechazo al futuro. Es un acto de defensa de lo humano. No todo lo rápido es mejor. No todo lo nuevo es progreso. En la era de la inteligencia artificial, escribir a mano podría ser uno de los últimos gestos verdaderamente nuestros.

Referencias bibliográficas

Baricco, A. (2018). The Game. Anagrama.

Giner Muñoz, E., & Ortiz de Obregón, A. (2024, septiembre 24). ¿Cada vez es peor nuestra caligrafía? No solo el uso de la tecnología afecta a nuestra manera de escribir. El País.

Mueller, P. A., & Oppenheimer, D. M. (2014). The pen is mightier than the keyboard: Advantages of longhand over laptop note taking. Psychological Science, 25(6), 1159–1168.

 

lunes, 2 de junio de 2025

Reflexiones a partir de Soldados de María Teresa Andruetto e Historia de un caballo de León Tolstói

La memoria, debe sostenerse en el tiempo, en los cuerpos, en las instituciones, no solo en las palabras

Nombrar no es un gesto neutro. Decir un apellido, recordar una historia, prestar atención a una voz silenciada, implica intervenir en el tejido de lo que una comunidad llama historia. En los cuentos Soldados, de María Teresa Andruetto, e Historia de un caballo, de León Tolstói, el lenguaje no es solo un vehículo narrativo, sino escenario de discusión. Este ensayo se detiene en esa disputa: ¿De qué modo se configura el sentido cuando el lenguaje se convierte en campo de batalla entre el poder y la memoria?

En Como si fuesen fábulas, María Teresa Andruetto escribe una serie de relatos breves que más que funcionar como fábulas tradicionales con moraleja, abren zonas de reflexión. Con una prosa austera, Andruetto crea pequeñas escenas cargadas de silencios, donde lo implícito y lo simbólico tienen tanto peso como lo dicho. En este libro, las palabras no solo cuentan, sino que también buscan interrogar. En el cuento Soldados, la autora propone una reflexión sobre los límites de lo nacional, la fragilidad de los símbolos patrios y el modo en que el lenguaje participa en la construcción —y desconstrucción— de las identidades colectivas.

Por otro lado, Historia de un caballo de León Tolstói, al dar voz a un animal, Jolstomer, que narra su experiencia de servidumbre, nos pone frente a la reflexión sobre la construcción del sujeto a través del lenguaje y la memoria, así como sobre la manera en que el poder se inscribe en esas prácticas discursivas. Ambos relatos, aunque desde perspectivas y contextos distintos, coinciden en poner sobre la mesa las nociones de memoria, identidad y poder, y en mostrar cómo el lenguaje actúa como espacio de disputa simbólica. Ambos relatos colocan al lenguaje en el centro de la experiencia histórica.

Memoria y resistencia en Soldados

El relato Soldados nos muestra una escena aparentemente simple: una enumeración de apellidos mapuche que en sí misma podría pasar desapercibida. Pero esta simpleza es, en realidad, una superficie que se quiebra cuando indagamos qué significa nombrar en un contexto donde el olvido ha sido impuesto como política de Estado. ¿Qué es nombrar sino reconocer la existencia de un otro que la historia dominante se empeña en eliminar? En ese gesto —decir un nombre, repetirlo, dejarlo resonar— emerge una resistencia silenciosa pero profunda: “Catrihual, Catrilaf, Cayupán […] No se trata de una intervención poética ni de un mensaje encriptado”.

Desde una perspectiva foucaultiana, el poder no solo se ejerce a través de la violencia física, sino también por medio de discursos que normalizan ciertas verdades y excluyen otras. En este orden, la historia oficial ha construido una narrativa que invisibiliza la participación de los pueblos originarios en la Guerra de Malvinas, relegándolos a un lugar periférico o inexistente. El listado de apellidos indígenas, entonces, se convierte en un quiebre, en un acto discursivo que busca desafiar el régimen de una verdad que ha sido impuesta. Es un modo de subvertir la genealogía oficial y restituir memorias que fueron acalladas.

Pero, ¿hasta qué punto este nombrar es efectivo? ¿No corre también el riesgo de ser asimilado o neutralizado por ese mismo poder? Aquí se abre la paradoja: la resistencia se da en el mismo campo donde el poder circula, y no fuera de él. No podemos pensar la memoria como un espacio puro e independiente; está siempre atravesada por relaciones de fuerza, por discursos que la moldean. Nombrar es un acto político, sí, pero también una práctica frágil que necesita ser sostenida y reiterada para que no se desvanezca.

Ahora, esta repetición de los apellidos no es casual ni redundante: es la insistencia de la memoria frente al olvido, el intento de fijar lo fugaz, de contrarrestar el borramiento. Pero también es una llamada al lector, un interpelar(nos) que busca hacer visible lo invisible y, en consecuencia, poner en cuestión las bases mismas de la identidad nacional. ¿Quién es el nosotros que celebra la patria? ¿Quiénes quedan excluidos de esa narrativa? La lista es un fragmento de respuesta, una reivindicación de existencia que reclama justicia histórica y reconocimiento social: “¿Qué es el suelo manchado de sangre para quienes son como su nombre lo dice gente de la tierra?”.

Lenguaje, poder y subjetividad en Historia de un caballo

Tolstói no se limita a otorgar voz a un caballo: expone una jerarquía naturalizada que ha relegado históricamente a los animales al silencio y a la pasividad. La voz narrativa del caballo, en tanto testimonio de una conciencia afectada por el paso del tiempo, el dolor y la domesticación, se instala como una anomalía crítica: un animal que habla no solo interpela la ficción, sino que también desestabiliza los regímenes discursivos que han delimitado lo humano como único portador de memoria, agencia y subjetividad.

En el acto de narrar su historia, el caballo revela un proceso de desposesión identitaria que opera a través del lenguaje. Cada vez que cambia de amo, cambia también su nombre. No es él quien se nombra, sino el otro. El caballo no posee una identidad fija: es configurado por la mirada del amo, por su utilidad, por el rol que se le asigna en cada circunstancia. La frase “Yo era un caballo joven, hermoso y ágil. Me llamaban Kholstomer” condensa esta paradoja: el yo es narrado en retrospectiva desde una conciencia dividida, pero ese yo nunca fue dueño de sí, porque su nombre, como su cuerpo, ha sido expropiado. Nombrar, entonces, no es un gesto de reconocimiento, sino un acto de apropiación. El lenguaje no designa: inscribe, somete, organiza.

En ese marco, Historia de un caballo propone una crítica en la manera en que el poder trabaja sobre los cuerpos a través de mecanismos simbólicos. Nombrar no es solo una cuestión lingüística, sino una práctica política que clasifica y en consecuencia, jerarquiza. Siguiendo una lógica biopolítica —aunque anterior al término mismo—, Tolstói expone cómo la vida puede ser administrada, fragmentada, valorada o desechada de acuerdo con parámetros impuestos desde una racionalidad dominante. El caballo, que en distintos momentos es un orgullo de cuadra, un instrumento de guerra o una sombra descartada, pasa a ser un cuerpo disponible, intercambiable, despojado de singularidad. No importa quién es, sino para qué sirve.

El lenguaje en esta historia no humaniza: regula. El amo que dice mi caballo, sin embargo, no enuncia una relación afectiva, sino una fórmula de posesión. Esa pertenencia, fundada en el derecho de nombrar, despoja al animal de cualquier posibilidad de autodeterminación. Pero la narración misma —el acto de contar su historia desde la muerte, desde la descomposición del cuerpo— se presenta como una resistencia tardía, una forma de reapropiación del relato que desafía la lógica que lo construyó como objeto. En el gesto de narrar, el caballo interrumpe el régimen que lo excluía y, por un instante, produce un sujeto que no había tenido lugar en la gramática del poder. El caballo funciona como una figura liminar: ni plenamente sujeto, ni completamente objeto. Es precisamente en esa ambigüedad donde se visibiliza el carácter performativo del lenguaje, que describe, produce e impone realidades. Y si el lenguaje configura identidades, entonces resistir también implica reapropiarse de él, interrumpir su cauce dominante.

El relato no resuelve la fricción entre voz y dominación, pero la hace visible. Y en esa visibilidad está su potencia política. Porque si incluso un caballo puede contar la historia de su sometimiento, ¿quién queda fuera del lenguaje?, ¿quién puede seguir siendo silenciado sin que eso se note?

En ambos relatos, Soldados e Historia de un caballo, el lenguaje se presenta no solo como medio de comunicación, sino como campo de batalla donde se disputa la memoria, la identidad y el poder. Nombrar se convierte en un acto político, un gesto que desafía el olvido y la opresión, pero que también revela la fragilidad de cualquier resistencia cuando se enfrenta a las estructuras discursivas dominantes.

Si el poder se ejerce inscribiendo verdades y excluyendo otras, entonces nuestra tarea es desestabilizar esas verdades hegemónicas, abrir espacios para las voces silenciadas, y reconocer que la historia oficial no es la única historia posible. La memoria es una práctica activa, nunca neutra ni definitiva; es un proceso de reescritura constante, donde se encuentran las fuerzas del olvido y la reivindicación.

Referencias bibliográficas

Butler, J. (2002). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.

Foucault, M. (1992). Microfísica del poder (2.ª ed.). La Piqueta.

Foucault, M. (1996). La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.

Saer, J. J. (1991). Historia de un caballo. En La mayor (pp. 97–104). Seix Barral.

Segovia, L. (2019). Soldados. En L. Segovia, ¿Quién mató a la niña Robin? (pp. 55–57). Editorial Palabrava.

Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? (M. Domínguez y E. Gago, Trads.). Espacio Editorial.

Lecturas sugeridas

Benjamin, Walter (2007). Para una crítica de la violencia. En Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Taurus.

Rancière, Jacques (2005). El desacuerdo: Política y filosofía. Nueva Visión.

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