viernes, 15 de agosto de 2025

La arquitectura del chavismo: génesis de la nueva anormalidad venezolana

 

Aguafuerte perteneciente a la serie Nosotros no somos los últimos (1970), de Zoran Music

Entender la Venezuela de hoy requiere cambiar el enfoque tradicional. Ya no alcanza con debatir la falta de legitimidad de Nicolás Maduro como eje del análisis político. Más allá de esas discusiones, que han monopolizado la agenda opositora durante la última década, el verdadero motor que sostiene el país es un pacto pragmático entre las élites gobernantes y empresariales. Este pacto sostiene un orden frágil donde la miseria se vuelve habitable, una “nueva normalidad” que ha mutado y se consolida pese a las crisis, sanciones y protestas.

Desde la llegada de Maduro al poder en 2013, la oposición venezolana centró sus esfuerzos y discursos en denunciar la ilegitimidad del régimen. Los debates, tanto en salones académicos como en despachos diplomáticos, giraron en torno a estrategias basadas en este eje: ¿qué acciones podrían reforzar la ilegitimidad y precipitar la caída del chavismo? Así surgieron reconocimientos internacionales simbólicos —como el nombramiento de Juan Guaidó en 2019 y el respaldo a Edmundo González tras las elecciones de 2024— que, sin embargo, no lograron alterar la realidad política interna.

En 2025, hechos concretos evidencian la continuidad del régimen. Por ejemplo, Chevron renovó su licencia petrolera en Venezuela sin mayores obstáculos ni escándalos, a pesar de la persistente condena internacional por la ilegitimidad del régimen y las sanciones impuestas desde 2017. Este gesto habla de una realidad: para el capital extranjero, la legitimidad formal es un tema secundario frente a la estabilidad para asegurar ganancias.

Adaptación y sobrevivencia del chavismo

La resiliencia del chavismo no es accidental. Frente a sanciones individuales y económicas, el régimen ajustó sus estrategias con medidas concretas y cronológicamente visibles: por ejemplo, en julio de 2025, la administración de EE.UU. otorgó la General License 41, permitiendo a Chevron retomar operaciones en Venezuela bajo ciertas restricciones; a inicios de agosto, los primeros cargamentos de crudo producidos entre Chevron y PDVSA salieron hacia refinerías estadounidenses, con un aporte estimado de 200.000 barriles diarios que podría llevar la producción nacional a 1,2 millones de barriles y un crecimiento proyectado del 2 % para 2025. En el sector de telecomunicaciones, Telefónica anunció en febrero de 2025 una inversión de 500 millones de dólares para ampliar la red 4G e iniciar el despliegue del 5G tras obtener licencias de Conatel.

Este modelo de liberalización económica no oficial y parcial, que comenzó a desarrollarse a finales de la década pasada, se ha profundizado en 2025, reactivando circuitos económicos dolarizados y generando empleo en sectores clave como la minería, la extracción petrolera y el comercio en grandes ciudades. Así, el país ha logrado evitar el estallido social masivo que muchos anticipaban, a pesar de una crisis económica que continúa golpeando a la mayoría.

El “nuevo Caracazo” no ocurrió. La ilegitimidad, por sí sola no derribó al régimen. Porque, como ha demostrado la historia venezolana reciente, el poder político se sostiene con algo más que reconocimiento legal o internacional: con capacidad concreta de ejercer autoridad y garantizar un mínimo de orden.

Anatomía del poder chavista

En el centro del poder se encuentra la Camarilla Cívico-Militar, integrada por altos mandos de las Fuerzas Armadas y funcionarios del Ejecutivo. Aunque con tensiones internas, este bloque mantiene cohesión suficiente para evitar fracturas mayores, conscientes de que su caída significaría pérdida absoluta de privilegios y libertad.

Este grupo no depende del apoyo popular ni empresarial para mantenerse en el poder. Ha demostrado que puede sobrevivir en aislamiento. Sin embargo, para sostener esta normalidad social y económica, necesita contar con una clase dominante capaz de administrar la economía cotidiana y mantener la sociedad en movimiento.

De esta forma, el chavismo ha sellado una alianza con la boliburguesía y las élites empresariales tradicionales, incluyendo a ex opositores y nuevos inversionistas extranjeros. Esta clase dominante administra inversiones, salarios y circuitos económicos vitales para la estabilidad del país.

En 2025, sectores como el Arco Minero del Orinoco siguen siendo el motor económico del país, sustentados por capitales internacionales provenientes de China, Rusia y Turquía, además de intermediarios financieros en Panamá y los Emiratos Árabes Unidos que compran y refinan minerales como oro, coltán y diamantes. También intervienen inversores privados y redes comerciales informales de Brasil, Colombia e India, así como capitales vinculados a economías ilícitas que financian maquinaria y logística. Este marco regulatorio, aunque informal, mantiene el flujo de dólares y garantiza que la dolarización parcial facilite las transacciones y asegure un ingreso mínimo para amplios sectores urbanos.

La vida cotidiana bajo la nueva anormalidad

Para la mayoría de los venezolanos, esta normalidad que ya mencioné es una mezcla compleja de precariedad, adaptabilidad y resignación. La clase media, golpeada por la crisis, recupera en algunos casos mínimas condiciones de vida y muestra apatía política, prefiriendo la convivencia pragmática con el régimen para evitar nuevas tragedias sociales.

Por otro lado, los sectores populares marginados y rurales permanecen excluidos de estos circuitos. Allí, la pobreza extrema, la represión y el terror institucional —a través de colectivos armados y cuerpos especiales como el FAES, p. ej.— mantienen el control social con costos mínimos para las élites.

La cultura política está marcada por el cinismo y la desafección. Muchos evitan la política activa, enfocándose en la supervivencia diaria y en aprovechar cuando sea posible los pequeños recursos o ayudas estatales sin mostrar lealtad alguna.

Protestas y resistencias en 2025

En julio de 2025, Venezuela vivió una nueva ola de protestas, especialmente en barrios populares de Caracas y otras ciudades. Las manifestaciones fueron reprimidas con rapidez y dureza, evidenciando la capacidad del Estado para controlar el descontento social.

Los liderazgos opositores, golpeados por encarcelamientos, exilios y violencia, han perdido presencia en la calle.

La fragmentación y la ausencia de un proyecto político unificado han debilitado la capacidad de movilización masiva, haciendo que la resistencia popular sea esporádica y localizada.

Pero, ¿Hay salida?

La oposición enfrenta una encrucijada. ¿Debería intentar romper esta normalidad forzando una crisis que fracture el pacto entre la camarilla cívico-militar y la clase dominante? Históricamente, el chavismo ha demostrado sobrevivir a los embates económicos y sanciones, adaptándose incluso a crisis severas.

Por otro lado, el capital extranjero continúa fluyendo, atraído por la estabilidad relativa y las ganancias, sin importar la legitimidad del régimen. En 2025, la realidad confirma que, para estos actores, la clave es la estabilidad, no la legalidad formal. Esto sugiere que las alternativas viables para Venezuela deben surgir desde dentro, a partir de un diagnóstico realista y profundo de esta nueva normalidad, de sus actores y dinámicas, y no solo desde el discurso sobre legitimidad o sanciones.

La historia contemporánea de Venezuela sigue escribiéndose. ¿Será posible trascender esta nueva anormalidad? ¿Qué actores y procesos podrán generar un cambio verdadero en un país que ha aprendido a sobrevivir en el borde de la crisis permanente?

Referencias bibliográficas

Asamblea Nacional Constituyente de la República Bolivariana de Venezuela. (2020, 12 de octubre). Ley Constitucional Antibloqueo para el Desarrollo Nacional y la Garantía de los Derechos Humanos. Gaceta Oficial Extraordinaria N° 6.583.

Muñoz, R. (2025, 4 de febrero). Telefónica invertirá 500 millones de dólares en Venezuela en dos años. Cinco Días. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 12 de agosto). Chevron-chartered tanker docks at Venezuela to load oil after new US license. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 15 de agosto). Dos primeros cargamentos de crudo venezolano de Chevron tras nueva licencia parten hacia EEUU: datos. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 5 de agosto). Chevron y Valero están en conversaciones para reanudar el acuerdo de suministro de petróleo venezolano: fuentes. Recuperado de [link]


martes, 5 de agosto de 2025

El cuento de la criada: distopía y espejo de nuestro presente

 

Elisabeth Moss en El cuento de la criada (2017)

Margaret Atwood escribió El cuento de la criada no como una fantasía futurista sino como una advertencia especulativa basada en hechos y tendencias muy reales. Esta novela se inscribe en la tradición de la distopía, esa forma literaria que no busca inventar tecnologías imposibles, sino que extrapola las tensiones sociales, políticas y culturales de nuestro tiempo para mostrarnos un posible futuro aterrador que parece no ser tan lejano. En ese sentido, el relato de Atwood no solo reconstruye una teocracia patriarcal inspirada en los puritanos y sus jerarquías, sino que nos obliga a mirar con atención el presente y reconocer las semillas de control, desigualdad y autoritarismo que ya existen en el mundo real.

Desde una perspectiva filosófica, El cuento de la criada se vuelve un punto de encuentro entre dos máximas poderosas: la tensión entre libertad y control, y la naturaleza cíclica del poder y la resistencia. La primera máxima nos recuerda que la libertad humana no es un regalo seguro, sino un terreno en disputa, constantemente amenazado por quienes buscan controlar cuerpos, ideas y deseos. La segunda, aunque menos explícita en la novela, se refleja en cómo la historia se repite y recicla estructuras de dominación disfrazadas de progreso o seguridad. Atwood, al retratar una sociedad que retrocede a prácticas del siglo XIX bajo un velo bíblico y tecnocrático, nos recuerda que el tiempo no avanza siempre hacia la luz; a veces, la sombra vuelve con formas renovadas.

Hoy en día, esta advertencia resuena con particular fuerza. Tomemos, por ejemplo, el aumento global de legislaciones restrictivas sobre los derechos reproductivos de las mujeres. En Estados Unidos, la decisión de la Corte Suprema en 2022 que revocó Roe v. Wade ha llevado a que más de 20 estados impongan severas limitaciones o prohibiciones al aborto, afectando la autonomía corporal de millones. Más allá del país norteamericano, en Polonia, desde 2020 se endureció la ley de aborto hasta casi una prohibición total, provocando protestas masivas y un retroceso en derechos que se creían consolidados en Europa. Estas políticas no son simples excepciones, sino síntomas de una corriente global que busca controlar el cuerpo femenino y redefinir roles sociales en clave autoritaria.

La preocupación por el control y la opresión va mucho más allá del ámbito reproductivo que explora Atwood. En Myanmar, desde el golpe de Estado de 2021, la represión de manifestantes y la persecución sistemática de minorías evidencian cómo los regímenes totalitarios se sirven del miedo y la violencia organizada para aplastar cualquier disidencia y reconfigurar la sociedad conforme a su ideología. Paralelamente, en Europa, los gobiernos conservadores de Hungría y Polonia han impulsado reformas judiciales que socavan la independencia del poder judicial. En Hungría, el ejecutivo ha aumentado su control sobre el sistema judicial, limitando la autonomía de los tribunales y modificando la composición del Consejo Nacional Judicial; en Polonia, se ha reformado el Tribunal Constitucional para designar magistrados afines y se ha instaurado un sistema disciplinario que amenaza con sancionar a jueces que fallen en contra del gobierno. Estas medidas, justificadas bajo la defensa de “valores tradicionales” y la “seguridad” nacional, erosionan las bases de la democracia y concentran el poder en manos de unos pocos.

En un terreno más sutil pero igualmente alarmante, la expansión del control digital plantea inquietantes cuestionamientos sobre la privacidad y la autonomía individual en el siglo XXI. Desde la vigilancia masiva mediante reconocimiento facial en China hasta la manipulación algorítmica y la censura en redes sociales, estas prácticas tecnológicas nos recuerdan la vigilancia omnipresente y la pérdida de libertad que sufren las criadas en la ficción de Atwood. Este presente de control y monitoreo constante resuena peligrosamente con la distopía que Atwood imagina, donde la intimidad se desvanece y la autonomía se subordina a un poder absoluto.

Desde la perspectiva de la filosofía crítica, especialmente en la tradición de pensadores como Jürgen Habermas, esta realidad tecnológica plantea un desafío al concepto de “acción comunicativa” y a la esfera pública, fundamentales para la autonomía y la deliberación democrática. Habermas alerta sobre la colonización del mundo de la vida por sistemas técnicos y burocráticos que distorsionan la comunicación auténtica y reducen la capacidad de los individuos para participar libremente en el diálogo social. La vigilancia digital y la manipulación algorítmica funcionan como mecanismos que no solo controlan comportamientos, sino que también limitan las posibilidades de interacción crítica y autogobierno, restringiendo la libertad de elegir y actuar en el espacio público. Así, estas tecnologías configuran un nuevo tipo de poder que se impone silenciosamente, erosionando la autonomía individual y colectiva, tal como lo anticipa Atwood en su obra.

Por último, el fenómeno global de la desigualdad económica y la precarización del trabajo también encajan en esta narrativa distópica. La concentración de riqueza en manos de una élite, mientras millones viven en la incertidumbre y la marginalidad, reproduce las jerarquías estrictas y excluyentes que definen la sociedad de Galaad. No es casualidad que, en varios países, desde Brasil hasta Sudáfrica, la violencia de género y la exclusión social se profundicen en contextos donde la justicia es frágil y las instituciones están permeadas por intereses particulares.

Las dinámicas que Atwood dibuja con tanta precisión no están confinadas a un relato. Son realidades fragmentadas, que (nos) invitan a pensar si las sociedades democráticas actuales están tomando las medidas necesarias para evitar ese camino de pérdida de libertades y derechos. ¿Estamos atentos a cómo la combinación de crisis económicas, políticas conservadoras y nuevas tecnologías puede crear un caldo de cultivo para regímenes que usen la religión, el miedo y la exclusión como herramientas de dominación? ¿O seguiremos creyendo que esas distopías solo son ficción?


Referencias bibliográficas

Atwood, M. (2017). El cuento de la criada (A. Molina, Trad.). Salamandra. (Obra original publicada en 1985)

Foucault, M. (2009). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (2ª ed.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975)

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa. Volumen 1: Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus.


lunes, 4 de agosto de 2025

Eros sitiado: el amor como resistencia política en tiempos de neoliberalismo


Eros y Psyche de Louis Jean François Lagrenée (antes de 1805)

En una época en la que el capitalismo ha logrado infiltrar incluso los pliegues más íntimos de la vida humana, el amor —ese vínculo que escapa a toda lógica de productividad y rendimiento— parece estar en agonía. No una muerte súbita, no, sino una lenta erosión. Tal es la tesis que atraviesa La agonía del Eros (2014) de Byung-Chul Han, un ensayo breve pero que va con todo, que se alza como un diagnóstico demoledor de nuestra era. El Eros, entendido no sólo como pulsión amorosa sino como fuerza ontológica y condición de posibilidad para lo humano, ha sido neutralizado por una cultura que todo lo vuelve visible, cuantificable y funcional. Nada de esto es nuevo.

La crisis del amor no es solo afectiva: es política. En la lógica neoliberal, el sujeto ya no se enfrenta a un otro; se reproduce a sí mismo en un narcisismo absoluto. “El infierno de lo igual” —como lo nombra Han— no es sólo una metáfora: es la cancelación de toda alteridad. El amor, en tanto que exige la presencia de un otro radical, imprevisible, no domesticable, resulta una amenaza para un sistema que promueve la autogestión, la transparencia obscena y la hipervisibilidad como forma de control.

Byung-Chul Han se inscribe en una tradición filosófica que ha denunciado los mecanismos sutiles del poder contemporáneo, especialmente aquellos que erosionan la subjetividad desde dentro. En línea con Michel Foucault —quien ya había identificado en El nacimiento de la biopolítica la emergencia del sujeto empresarial como figura dominante del neoliberalismo— Han advierte que hoy no hacen falta opresores visibles: el individuo ha interiorizado la lógica del rendimiento al punto de convertirse en su propio carcelero. Se exige, se evalúa, se mercantiliza como si fuera una marca personal. La dominación ya no requiere violencia: se ejerce como libertad. Y esto me lleva inevitablemente a pensar en 1984 (como siempre), en este régimen, el modelo panóptico no desaparece. La cámara de vigilancia ahora está en la mente. El Gran Hermano ha sido reemplazado por el Yo ideal.

En este escenario, el amor se vuelve una experiencia profundamente disfuncional, casi peligrosa para el sistema. Amar exige pausa, entrega, exposición: tres gestos que desafían la lógica del rendimiento. En 1984, el Partido destruye el amor entre Winston y Julia porque toda pasión que no sea dirigida al poder es subversiva. En cambio, en el neoliberalismo emocional que describe Han, el amor no se reprime: se disuelve. La intimidad se convierte en capital simbólico, y el otro, en un accesorio emocional al servicio de la autovaloración. Tinder y sus correlatos no causan esta lógica: son su expresión más transparente. Como en la distopía de Orwell, donde la fidelidad al Partido suplanta todo lazo afectivo, el sujeto neoliberal termina por amar su propia productividad más que a cualquier otro. Ya no se le impide amar: simplemente se le vuelve imposible.

Vale, continuemos.

“La experiencia del otro es lo que hace posible lo humano”, afirma Han. Pero ¿qué sucede cuando el otro desaparece, o, cuando es asimilado como espejo de mí mismo? En una sociedad que ha confundido la exposición con la presencia, el otro es consumido en la superficie. En pocas palabras, la transparencia absoluta se vuelve pornográfica: anula el misterio, la demora, la distancia. Eros necesita opacidad, no para ocultar, sino para seducir, para convocar el deseo como viaje hacia lo no sabido.

Aquí el filósofo dialoga con Platón y su concepción del Eros como impulso hacia la belleza y la verdad. Pero también con Heidegger, cuando en los Seminarios de Zollikon señala que lo esencial, como, el dolor, el amor, el sentido, no es calculable. El Eros, como la filosofía, se mueve por lo inapropiable, por aquello que no puede reducirse a función, ni preverse como retorno. En un mundo que mide, compara y optimiza incluso los vínculos, el amor pierde su espesor. Lo que puede programarse, filtrarse o deslizarse no es amor, sino su espectro, en otras palabras para que nos entendamos mejor: una estrategia emocional, una transacción afectiva, una economía del deseo regulada por algoritmos de compatibilidad. Allí donde el encuentro cede ante la elección, el otro deja de ser misterio para convertirse en producto.

En la era del neoliberalismo, la depresión trasciende la esfera individual para revelarse como un síntoma estructural de una subjetividad atrapada en la autoexplotación y el narcisismo. Byung-Chul Han la define como una “enfermedad narcisista” porque emerge de un yo que no puede salir de sí mismo, encerrado en una dinámica de rendimiento constante donde el otro desaparece como referente vital. Este aislamiento subjetivo se vincula con la noción agambeniana de “vida desnuda”, en la que el ser humano es reducido a su mera existencia biológica, despojado de potencia y acción auténtica, viviendo una existencia despolitizada y carente de transformación.

El sujeto privado de Eros se convierte en un no muerto: demasiado vivo para morir, pero demasiado muerto para vivir en plenitud, atrapado en una rutina vacía que anula el deseo y la alteridad. Esta condición no solo representa una crisis del amor, sino también una fractura profunda en la capacidad humana de habitar la comunidad y la democracia. Recuperar el Eros, por tanto, es recuperar la potencia para abrirse al otro y reactivar la vida plena, una tarea urgente que trasciende lo personal para convertirse en un acto filosófico y político de resistencia contra la vida desnuda.

Pero, La agonía del Eros no es un texto nihilista. En medio del desierto emocional que describe, Han ofrece una vía de escape: la alteridad. Recuperar al otro como otro, como acontecimiento imprevisible, es también un gesto político. Alain Badiou, a quien Han cita, lo ha dicho con claridad en Elogio del amor: amar es “fundar una verdad desde la diferencia”. El amor no como contrato, ni como consumo, sino como “escena de lo Dos” que rompe con la lógica del Uno: el yo cerrado, la identidad blindada, el algoritmo que predice.

El amor, entonces, se vuelve un acto de disidencia frente a la sociedad del rendimiento. No es casual que el neoliberalismo haya mercantilizado incluso el deseo: lo ha reducido a una pulsión instantánea, a un clic. El porno —en sentido amplio— reemplaza al Eros porque es previsible, repetible, sin riesgo. Pero sin riesgo, no hay experiencia. Sin experiencia, no hay humanidad, y así.

Recuperar el Eros implica recuperar el tiempo lento, el silencio, la espera. Implica no saber, no poder, no tener. Implica también fracasar. Pero allí donde el sistema exige eficacia, el amor exige entrega. Allí donde se premia la gestión, el amor pide rendición.

La agonía del Eros no es un ensayo sobre relaciones románticas, sino sobre las condiciones ontológicas de nuestra existencia en común. Es un llamado (si se quiere) contra la deshumanización suave y eficiente del capitalismo tardío. Frente al empobrecimiento de lo humano, Han propone una recuperación del amor como posibilidad radical de ser-con-otros. Amar, hoy, es resistir. Es recuperar el misterio, la demora, el temblor de no saber quién es ese otro que, sin embargo, me transforma. En tiempos de algoritmos y rendimiento, el Eros sobrevive como una forma de revuelta.

Nuevamente con 1984 y el irme por las ramas, pero, así como el totalitarismo buscaba aniquilar el amor por considerarlo una amenaza al poder, el neoliberalismo actual, lo disuelve. La lógica de Tinder y el marketing personal no son menos destructivas que la censura estatal: simplemente operan desde dentro, haciendo del sujeto su propio vigilante.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.

Badiou, A. (2009). Elogio del amor (N. Ferrer, Trad.). Nueva Visión.

Foucault, M. (2008). El nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979) (A. Fontana & F. Ewald, Eds.). Fondo de Cultura Económica.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. Gutiérrez, Trad.). Herder Editorial.

Heidegger, M. (2006). Seminarios de Zollikon (C. Roldán, Trad.). Herder Editorial.

Orwell, G. (2016). 1984 (C. G. de la Torre, Trad.). Debolsillo.

Platón. (2003). El banquete (M. Valcárcel, Trad.). Alianza Editorial.

La arquitectura del chavismo: génesis de la nueva anormalidad venezolana

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