lunes, 2 de junio de 2025

Reflexiones a partir de Soldados de María Teresa Andruetto e Historia de un caballo de León Tolstói

La memoria, debe sostenerse en el tiempo, en los cuerpos, en las instituciones, no solo en las palabras

Nombrar no es un gesto neutro. Decir un apellido, recordar una historia, prestar atención a una voz silenciada, implica intervenir en el tejido de lo que una comunidad llama historia. En los cuentos Soldados, de María Teresa Andruetto, e Historia de un caballo, de León Tolstói, el lenguaje no es solo un vehículo narrativo, sino escenario de discusión. Este ensayo se detiene en esa disputa: ¿De qué modo se configura el sentido cuando el lenguaje se convierte en campo de batalla entre el poder y la memoria?

En Como si fuesen fábulas, María Teresa Andruetto escribe una serie de relatos breves que más que funcionar como fábulas tradicionales con moraleja, abren zonas de reflexión. Con una prosa austera, Andruetto crea pequeñas escenas cargadas de silencios, donde lo implícito y lo simbólico tienen tanto peso como lo dicho. En este libro, las palabras no solo cuentan, sino que también buscan interrogar. En el cuento Soldados, la autora propone una reflexión sobre los límites de lo nacional, la fragilidad de los símbolos patrios y el modo en que el lenguaje participa en la construcción —y desconstrucción— de las identidades colectivas.

Por otro lado, Historia de un caballo de León Tolstói, al dar voz a un animal, Jolstomer, que narra su experiencia de servidumbre, nos pone frente a la reflexión sobre la construcción del sujeto a través del lenguaje y la memoria, así como sobre la manera en que el poder se inscribe en esas prácticas discursivas. Ambos relatos, aunque desde perspectivas y contextos distintos, coinciden en poner sobre la mesa las nociones de memoria, identidad y poder, y en mostrar cómo el lenguaje actúa como espacio de disputa simbólica. Ambos relatos colocan al lenguaje en el centro de la experiencia histórica.

Memoria y resistencia en Soldados

El relato Soldados nos muestra una escena aparentemente simple: una enumeración de apellidos mapuche que en sí misma podría pasar desapercibida. Pero esta simpleza es, en realidad, una superficie que se quiebra cuando indagamos qué significa nombrar en un contexto donde el olvido ha sido impuesto como política de Estado. ¿Qué es nombrar sino reconocer la existencia de un otro que la historia dominante se empeña en eliminar? En ese gesto —decir un nombre, repetirlo, dejarlo resonar— emerge una resistencia silenciosa pero profunda: “Catrihual, Catrilaf, Cayupán […] No se trata de una intervención poética ni de un mensaje encriptado”.

Desde una perspectiva foucaultiana, el poder no solo se ejerce a través de la violencia física, sino también por medio de discursos que normalizan ciertas verdades y excluyen otras. En este orden, la historia oficial ha construido una narrativa que invisibiliza la participación de los pueblos originarios en la Guerra de Malvinas, relegándolos a un lugar periférico o inexistente. El listado de apellidos indígenas, entonces, se convierte en un quiebre, en un acto discursivo que busca desafiar el régimen de una verdad que ha sido impuesta. Es un modo de subvertir la genealogía oficial y restituir memorias que fueron acalladas.

Pero, ¿hasta qué punto este nombrar es efectivo? ¿No corre también el riesgo de ser asimilado o neutralizado por ese mismo poder? Aquí se abre la paradoja: la resistencia se da en el mismo campo donde el poder circula, y no fuera de él. No podemos pensar la memoria como un espacio puro e independiente; está siempre atravesada por relaciones de fuerza, por discursos que la moldean. Nombrar es un acto político, sí, pero también una práctica frágil que necesita ser sostenida y reiterada para que no se desvanezca.

Ahora, esta repetición de los apellidos no es casual ni redundante: es la insistencia de la memoria frente al olvido, el intento de fijar lo fugaz, de contrarrestar el borramiento. Pero también es una llamada al lector, un interpelar(nos) que busca hacer visible lo invisible y, en consecuencia, poner en cuestión las bases mismas de la identidad nacional. ¿Quién es el nosotros que celebra la patria? ¿Quiénes quedan excluidos de esa narrativa? La lista es un fragmento de respuesta, una reivindicación de existencia que reclama justicia histórica y reconocimiento social: “¿Qué es el suelo manchado de sangre para quienes son como su nombre lo dice gente de la tierra?”.

Lenguaje, poder y subjetividad en Historia de un caballo

Tolstói no se limita a otorgar voz a un caballo: expone una jerarquía naturalizada que ha relegado históricamente a los animales al silencio y a la pasividad. La voz narrativa del caballo, en tanto testimonio de una conciencia afectada por el paso del tiempo, el dolor y la domesticación, se instala como una anomalía crítica: un animal que habla no solo interpela la ficción, sino que también desestabiliza los regímenes discursivos que han delimitado lo humano como único portador de memoria, agencia y subjetividad.

En el acto de narrar su historia, el caballo revela un proceso de desposesión identitaria que opera a través del lenguaje. Cada vez que cambia de amo, cambia también su nombre. No es él quien se nombra, sino el otro. El caballo no posee una identidad fija: es configurado por la mirada del amo, por su utilidad, por el rol que se le asigna en cada circunstancia. La frase “Yo era un caballo joven, hermoso y ágil. Me llamaban Kholstomer” condensa esta paradoja: el yo es narrado en retrospectiva desde una conciencia dividida, pero ese yo nunca fue dueño de sí, porque su nombre, como su cuerpo, ha sido expropiado. Nombrar, entonces, no es un gesto de reconocimiento, sino un acto de apropiación. El lenguaje no designa: inscribe, somete, organiza.

En ese marco, Historia de un caballo propone una crítica en la manera en que el poder trabaja sobre los cuerpos a través de mecanismos simbólicos. Nombrar no es solo una cuestión lingüística, sino una práctica política que clasifica y en consecuencia, jerarquiza. Siguiendo una lógica biopolítica —aunque anterior al término mismo—, Tolstói expone cómo la vida puede ser administrada, fragmentada, valorada o desechada de acuerdo con parámetros impuestos desde una racionalidad dominante. El caballo, que en distintos momentos es un orgullo de cuadra, un instrumento de guerra o una sombra descartada, pasa a ser un cuerpo disponible, intercambiable, despojado de singularidad. No importa quién es, sino para qué sirve.

El lenguaje en esta historia no humaniza: regula. El amo que dice mi caballo, sin embargo, no enuncia una relación afectiva, sino una fórmula de posesión. Esa pertenencia, fundada en el derecho de nombrar, despoja al animal de cualquier posibilidad de autodeterminación. Pero la narración misma —el acto de contar su historia desde la muerte, desde la descomposición del cuerpo— se presenta como una resistencia tardía, una forma de reapropiación del relato que desafía la lógica que lo construyó como objeto. En el gesto de narrar, el caballo interrumpe el régimen que lo excluía y, por un instante, produce un sujeto que no había tenido lugar en la gramática del poder. El caballo funciona como una figura liminar: ni plenamente sujeto, ni completamente objeto. Es precisamente en esa ambigüedad donde se visibiliza el carácter performativo del lenguaje, que describe, produce e impone realidades. Y si el lenguaje configura identidades, entonces resistir también implica reapropiarse de él, interrumpir su cauce dominante.

El relato no resuelve la fricción entre voz y dominación, pero la hace visible. Y en esa visibilidad está su potencia política. Porque si incluso un caballo puede contar la historia de su sometimiento, ¿quién queda fuera del lenguaje?, ¿quién puede seguir siendo silenciado sin que eso se note?

En ambos relatos, Soldados e Historia de un caballo, el lenguaje se presenta no solo como medio de comunicación, sino como campo de batalla donde se disputa la memoria, la identidad y el poder. Nombrar se convierte en un acto político, un gesto que desafía el olvido y la opresión, pero que también revela la fragilidad de cualquier resistencia cuando se enfrenta a las estructuras discursivas dominantes.

Si el poder se ejerce inscribiendo verdades y excluyendo otras, entonces nuestra tarea es desestabilizar esas verdades hegemónicas, abrir espacios para las voces silenciadas, y reconocer que la historia oficial no es la única historia posible. La memoria es una práctica activa, nunca neutra ni definitiva; es un proceso de reescritura constante, donde se encuentran las fuerzas del olvido y la reivindicación.

Referencias bibliográficas

Butler, J. (2002). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.

Foucault, M. (1992). Microfísica del poder (2.ª ed.). La Piqueta.

Foucault, M. (1996). La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.

Saer, J. J. (1991). Historia de un caballo. En La mayor (pp. 97–104). Seix Barral.

Segovia, L. (2019). Soldados. En L. Segovia, ¿Quién mató a la niña Robin? (pp. 55–57). Editorial Palabrava.

Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? (M. Domínguez y E. Gago, Trads.). Espacio Editorial.

Lecturas sugeridas

Benjamin, Walter (2007). Para una crítica de la violencia. En Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Taurus.

Rancière, Jacques (2005). El desacuerdo: Política y filosofía. Nueva Visión.

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