viernes, 15 de agosto de 2025

La arquitectura del chavismo: génesis de la nueva anormalidad venezolana

 

Aguafuerte perteneciente a la serie Nosotros no somos los últimos (1970), de Zoran Music

Entender la Venezuela de hoy requiere cambiar el enfoque tradicional. Ya no alcanza con debatir la falta de legitimidad de Nicolás Maduro como eje del análisis político. Más allá de esas discusiones, que han monopolizado la agenda opositora durante la última década, el verdadero motor que sostiene el país es un pacto pragmático entre las élites gobernantes y empresariales. Este pacto sostiene un orden frágil donde la miseria se vuelve habitable, una “nueva normalidad” que ha mutado y se consolida pese a las crisis, sanciones y protestas.

Desde la llegada de Maduro al poder en 2013, la oposición venezolana centró sus esfuerzos y discursos en denunciar la ilegitimidad del régimen. Los debates, tanto en salones académicos como en despachos diplomáticos, giraron en torno a estrategias basadas en este eje: ¿qué acciones podrían reforzar la ilegitimidad y precipitar la caída del chavismo? Así surgieron reconocimientos internacionales simbólicos —como el nombramiento de Juan Guaidó en 2019 y el respaldo a Edmundo González tras las elecciones de 2024— que, sin embargo, no lograron alterar la realidad política interna.

En 2025, hechos concretos evidencian la continuidad del régimen. Por ejemplo, Chevron renovó su licencia petrolera en Venezuela sin mayores obstáculos ni escándalos, a pesar de la persistente condena internacional por la ilegitimidad del régimen y las sanciones impuestas desde 2017. Este gesto habla de una realidad: para el capital extranjero, la legitimidad formal es un tema secundario frente a la estabilidad para asegurar ganancias.

Adaptación y sobrevivencia del chavismo

La resiliencia del chavismo no es accidental. Frente a sanciones individuales y económicas, el régimen ajustó sus estrategias con medidas concretas y cronológicamente visibles: por ejemplo, en julio de 2025, la administración de EE.UU. otorgó la General License 41, permitiendo a Chevron retomar operaciones en Venezuela bajo ciertas restricciones; a inicios de agosto, los primeros cargamentos de crudo producidos entre Chevron y PDVSA salieron hacia refinerías estadounidenses, con un aporte estimado de 200.000 barriles diarios que podría llevar la producción nacional a 1,2 millones de barriles y un crecimiento proyectado del 2 % para 2025. En el sector de telecomunicaciones, Telefónica anunció en febrero de 2025 una inversión de 500 millones de dólares para ampliar la red 4G e iniciar el despliegue del 5G tras obtener licencias de Conatel.

Este modelo de liberalización económica no oficial y parcial, que comenzó a desarrollarse a finales de la década pasada, se ha profundizado en 2025, reactivando circuitos económicos dolarizados y generando empleo en sectores clave como la minería, la extracción petrolera y el comercio en grandes ciudades. Así, el país ha logrado evitar el estallido social masivo que muchos anticipaban, a pesar de una crisis económica que continúa golpeando a la mayoría.

El “nuevo Caracazo” no ocurrió. La ilegitimidad, por sí sola no derribó al régimen. Porque, como ha demostrado la historia venezolana reciente, el poder político se sostiene con algo más que reconocimiento legal o internacional: con capacidad concreta de ejercer autoridad y garantizar un mínimo de orden.

Anatomía del poder chavista

En el centro del poder se encuentra la Camarilla Cívico-Militar, integrada por altos mandos de las Fuerzas Armadas y funcionarios del Ejecutivo. Aunque con tensiones internas, este bloque mantiene cohesión suficiente para evitar fracturas mayores, conscientes de que su caída significaría pérdida absoluta de privilegios y libertad.

Este grupo no depende del apoyo popular ni empresarial para mantenerse en el poder. Ha demostrado que puede sobrevivir en aislamiento. Sin embargo, para sostener esta normalidad social y económica, necesita contar con una clase dominante capaz de administrar la economía cotidiana y mantener la sociedad en movimiento.

De esta forma, el chavismo ha sellado una alianza con la boliburguesía y las élites empresariales tradicionales, incluyendo a ex opositores y nuevos inversionistas extranjeros. Esta clase dominante administra inversiones, salarios y circuitos económicos vitales para la estabilidad del país.

En 2025, sectores como el Arco Minero del Orinoco siguen siendo el motor económico del país, sustentados por capitales internacionales provenientes de China, Rusia y Turquía, además de intermediarios financieros en Panamá y los Emiratos Árabes Unidos que compran y refinan minerales como oro, coltán y diamantes. También intervienen inversores privados y redes comerciales informales de Brasil, Colombia e India, así como capitales vinculados a economías ilícitas que financian maquinaria y logística. Este marco regulatorio, aunque informal, mantiene el flujo de dólares y garantiza que la dolarización parcial facilite las transacciones y asegure un ingreso mínimo para amplios sectores urbanos.

La vida cotidiana bajo la nueva anormalidad

Para la mayoría de los venezolanos, esta normalidad que ya mencioné es una mezcla compleja de precariedad, adaptabilidad y resignación. La clase media, golpeada por la crisis, recupera en algunos casos mínimas condiciones de vida y muestra apatía política, prefiriendo la convivencia pragmática con el régimen para evitar nuevas tragedias sociales.

Por otro lado, los sectores populares marginados y rurales permanecen excluidos de estos circuitos. Allí, la pobreza extrema, la represión y el terror institucional —a través de colectivos armados y cuerpos especiales como el FAES, p. ej.— mantienen el control social con costos mínimos para las élites.

La cultura política está marcada por el cinismo y la desafección. Muchos evitan la política activa, enfocándose en la supervivencia diaria y en aprovechar cuando sea posible los pequeños recursos o ayudas estatales sin mostrar lealtad alguna.

Protestas y resistencias en 2025

En julio de 2025, Venezuela vivió una nueva ola de protestas, especialmente en barrios populares de Caracas y otras ciudades. Las manifestaciones fueron reprimidas con rapidez y dureza, evidenciando la capacidad del Estado para controlar el descontento social.

Los liderazgos opositores, golpeados por encarcelamientos, exilios y violencia, han perdido presencia en la calle.

La fragmentación y la ausencia de un proyecto político unificado han debilitado la capacidad de movilización masiva, haciendo que la resistencia popular sea esporádica y localizada.

Pero, ¿Hay salida?

La oposición enfrenta una encrucijada. ¿Debería intentar romper esta normalidad forzando una crisis que fracture el pacto entre la camarilla cívico-militar y la clase dominante? Históricamente, el chavismo ha demostrado sobrevivir a los embates económicos y sanciones, adaptándose incluso a crisis severas.

Por otro lado, el capital extranjero continúa fluyendo, atraído por la estabilidad relativa y las ganancias, sin importar la legitimidad del régimen. En 2025, la realidad confirma que, para estos actores, la clave es la estabilidad, no la legalidad formal. Esto sugiere que las alternativas viables para Venezuela deben surgir desde dentro, a partir de un diagnóstico realista y profundo de esta nueva normalidad, de sus actores y dinámicas, y no solo desde el discurso sobre legitimidad o sanciones.

La historia contemporánea de Venezuela sigue escribiéndose. ¿Será posible trascender esta nueva anormalidad? ¿Qué actores y procesos podrán generar un cambio verdadero en un país que ha aprendido a sobrevivir en el borde de la crisis permanente?

Referencias bibliográficas

Asamblea Nacional Constituyente de la República Bolivariana de Venezuela. (2020, 12 de octubre). Ley Constitucional Antibloqueo para el Desarrollo Nacional y la Garantía de los Derechos Humanos. Gaceta Oficial Extraordinaria N° 6.583.

Muñoz, R. (2025, 4 de febrero). Telefónica invertirá 500 millones de dólares en Venezuela en dos años. Cinco Días. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 12 de agosto). Chevron-chartered tanker docks at Venezuela to load oil after new US license. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 15 de agosto). Dos primeros cargamentos de crudo venezolano de Chevron tras nueva licencia parten hacia EEUU: datos. Recuperado de [link]

Reuters. (2025, 5 de agosto). Chevron y Valero están en conversaciones para reanudar el acuerdo de suministro de petróleo venezolano: fuentes. Recuperado de [link]


martes, 5 de agosto de 2025

El cuento de la criada: distopía y espejo de nuestro presente

 

Elisabeth Moss en El cuento de la criada (2017)

Margaret Atwood escribió El cuento de la criada no como una fantasía futurista sino como una advertencia especulativa basada en hechos y tendencias muy reales. Esta novela se inscribe en la tradición de la distopía, esa forma literaria que no busca inventar tecnologías imposibles, sino que extrapola las tensiones sociales, políticas y culturales de nuestro tiempo para mostrarnos un posible futuro aterrador que parece no ser tan lejano. En ese sentido, el relato de Atwood no solo reconstruye una teocracia patriarcal inspirada en los puritanos y sus jerarquías, sino que nos obliga a mirar con atención el presente y reconocer las semillas de control, desigualdad y autoritarismo que ya existen en el mundo real.

Desde una perspectiva filosófica, El cuento de la criada se vuelve un punto de encuentro entre dos máximas poderosas: la tensión entre libertad y control, y la naturaleza cíclica del poder y la resistencia. La primera máxima nos recuerda que la libertad humana no es un regalo seguro, sino un terreno en disputa, constantemente amenazado por quienes buscan controlar cuerpos, ideas y deseos. La segunda, aunque menos explícita en la novela, se refleja en cómo la historia se repite y recicla estructuras de dominación disfrazadas de progreso o seguridad. Atwood, al retratar una sociedad que retrocede a prácticas del siglo XIX bajo un velo bíblico y tecnocrático, nos recuerda que el tiempo no avanza siempre hacia la luz; a veces, la sombra vuelve con formas renovadas.

Hoy en día, esta advertencia resuena con particular fuerza. Tomemos, por ejemplo, el aumento global de legislaciones restrictivas sobre los derechos reproductivos de las mujeres. En Estados Unidos, la decisión de la Corte Suprema en 2022 que revocó Roe v. Wade ha llevado a que más de 20 estados impongan severas limitaciones o prohibiciones al aborto, afectando la autonomía corporal de millones. Más allá del país norteamericano, en Polonia, desde 2020 se endureció la ley de aborto hasta casi una prohibición total, provocando protestas masivas y un retroceso en derechos que se creían consolidados en Europa. Estas políticas no son simples excepciones, sino síntomas de una corriente global que busca controlar el cuerpo femenino y redefinir roles sociales en clave autoritaria.

La preocupación por el control y la opresión va mucho más allá del ámbito reproductivo que explora Atwood. En Myanmar, desde el golpe de Estado de 2021, la represión de manifestantes y la persecución sistemática de minorías evidencian cómo los regímenes totalitarios se sirven del miedo y la violencia organizada para aplastar cualquier disidencia y reconfigurar la sociedad conforme a su ideología. Paralelamente, en Europa, los gobiernos conservadores de Hungría y Polonia han impulsado reformas judiciales que socavan la independencia del poder judicial. En Hungría, el ejecutivo ha aumentado su control sobre el sistema judicial, limitando la autonomía de los tribunales y modificando la composición del Consejo Nacional Judicial; en Polonia, se ha reformado el Tribunal Constitucional para designar magistrados afines y se ha instaurado un sistema disciplinario que amenaza con sancionar a jueces que fallen en contra del gobierno. Estas medidas, justificadas bajo la defensa de “valores tradicionales” y la “seguridad” nacional, erosionan las bases de la democracia y concentran el poder en manos de unos pocos.

En un terreno más sutil pero igualmente alarmante, la expansión del control digital plantea inquietantes cuestionamientos sobre la privacidad y la autonomía individual en el siglo XXI. Desde la vigilancia masiva mediante reconocimiento facial en China hasta la manipulación algorítmica y la censura en redes sociales, estas prácticas tecnológicas nos recuerdan la vigilancia omnipresente y la pérdida de libertad que sufren las criadas en la ficción de Atwood. Este presente de control y monitoreo constante resuena peligrosamente con la distopía que Atwood imagina, donde la intimidad se desvanece y la autonomía se subordina a un poder absoluto.

Desde la perspectiva de la filosofía crítica, especialmente en la tradición de pensadores como Jürgen Habermas, esta realidad tecnológica plantea un desafío al concepto de “acción comunicativa” y a la esfera pública, fundamentales para la autonomía y la deliberación democrática. Habermas alerta sobre la colonización del mundo de la vida por sistemas técnicos y burocráticos que distorsionan la comunicación auténtica y reducen la capacidad de los individuos para participar libremente en el diálogo social. La vigilancia digital y la manipulación algorítmica funcionan como mecanismos que no solo controlan comportamientos, sino que también limitan las posibilidades de interacción crítica y autogobierno, restringiendo la libertad de elegir y actuar en el espacio público. Así, estas tecnologías configuran un nuevo tipo de poder que se impone silenciosamente, erosionando la autonomía individual y colectiva, tal como lo anticipa Atwood en su obra.

Por último, el fenómeno global de la desigualdad económica y la precarización del trabajo también encajan en esta narrativa distópica. La concentración de riqueza en manos de una élite, mientras millones viven en la incertidumbre y la marginalidad, reproduce las jerarquías estrictas y excluyentes que definen la sociedad de Galaad. No es casualidad que, en varios países, desde Brasil hasta Sudáfrica, la violencia de género y la exclusión social se profundicen en contextos donde la justicia es frágil y las instituciones están permeadas por intereses particulares.

Las dinámicas que Atwood dibuja con tanta precisión no están confinadas a un relato. Son realidades fragmentadas, que (nos) invitan a pensar si las sociedades democráticas actuales están tomando las medidas necesarias para evitar ese camino de pérdida de libertades y derechos. ¿Estamos atentos a cómo la combinación de crisis económicas, políticas conservadoras y nuevas tecnologías puede crear un caldo de cultivo para regímenes que usen la religión, el miedo y la exclusión como herramientas de dominación? ¿O seguiremos creyendo que esas distopías solo son ficción?


Referencias bibliográficas

Atwood, M. (2017). El cuento de la criada (A. Molina, Trad.). Salamandra. (Obra original publicada en 1985)

Foucault, M. (2009). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (2ª ed.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975)

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa. Volumen 1: Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus.


lunes, 4 de agosto de 2025

Eros sitiado: el amor como resistencia política en tiempos de neoliberalismo


Eros y Psyche de Louis Jean François Lagrenée (antes de 1805)

En una época en la que el capitalismo ha logrado infiltrar incluso los pliegues más íntimos de la vida humana, el amor —ese vínculo que escapa a toda lógica de productividad y rendimiento— parece estar en agonía. No una muerte súbita, no, sino una lenta erosión. Tal es la tesis que atraviesa La agonía del Eros (2014) de Byung-Chul Han, un ensayo breve pero que va con todo, que se alza como un diagnóstico demoledor de nuestra era. El Eros, entendido no sólo como pulsión amorosa sino como fuerza ontológica y condición de posibilidad para lo humano, ha sido neutralizado por una cultura que todo lo vuelve visible, cuantificable y funcional. Nada de esto es nuevo.

La crisis del amor no es solo afectiva: es política. En la lógica neoliberal, el sujeto ya no se enfrenta a un otro; se reproduce a sí mismo en un narcisismo absoluto. “El infierno de lo igual” —como lo nombra Han— no es sólo una metáfora: es la cancelación de toda alteridad. El amor, en tanto que exige la presencia de un otro radical, imprevisible, no domesticable, resulta una amenaza para un sistema que promueve la autogestión, la transparencia obscena y la hipervisibilidad como forma de control.

Byung-Chul Han se inscribe en una tradición filosófica que ha denunciado los mecanismos sutiles del poder contemporáneo, especialmente aquellos que erosionan la subjetividad desde dentro. En línea con Michel Foucault —quien ya había identificado en El nacimiento de la biopolítica la emergencia del sujeto empresarial como figura dominante del neoliberalismo— Han advierte que hoy no hacen falta opresores visibles: el individuo ha interiorizado la lógica del rendimiento al punto de convertirse en su propio carcelero. Se exige, se evalúa, se mercantiliza como si fuera una marca personal. La dominación ya no requiere violencia: se ejerce como libertad. Y esto me lleva inevitablemente a pensar en 1984 (como siempre), en este régimen, el modelo panóptico no desaparece. La cámara de vigilancia ahora está en la mente. El Gran Hermano ha sido reemplazado por el Yo ideal.

En este escenario, el amor se vuelve una experiencia profundamente disfuncional, casi peligrosa para el sistema. Amar exige pausa, entrega, exposición: tres gestos que desafían la lógica del rendimiento. En 1984, el Partido destruye el amor entre Winston y Julia porque toda pasión que no sea dirigida al poder es subversiva. En cambio, en el neoliberalismo emocional que describe Han, el amor no se reprime: se disuelve. La intimidad se convierte en capital simbólico, y el otro, en un accesorio emocional al servicio de la autovaloración. Tinder y sus correlatos no causan esta lógica: son su expresión más transparente. Como en la distopía de Orwell, donde la fidelidad al Partido suplanta todo lazo afectivo, el sujeto neoliberal termina por amar su propia productividad más que a cualquier otro. Ya no se le impide amar: simplemente se le vuelve imposible.

Vale, continuemos.

“La experiencia del otro es lo que hace posible lo humano”, afirma Han. Pero ¿qué sucede cuando el otro desaparece, o, cuando es asimilado como espejo de mí mismo? En una sociedad que ha confundido la exposición con la presencia, el otro es consumido en la superficie. En pocas palabras, la transparencia absoluta se vuelve pornográfica: anula el misterio, la demora, la distancia. Eros necesita opacidad, no para ocultar, sino para seducir, para convocar el deseo como viaje hacia lo no sabido.

Aquí el filósofo dialoga con Platón y su concepción del Eros como impulso hacia la belleza y la verdad. Pero también con Heidegger, cuando en los Seminarios de Zollikon señala que lo esencial, como, el dolor, el amor, el sentido, no es calculable. El Eros, como la filosofía, se mueve por lo inapropiable, por aquello que no puede reducirse a función, ni preverse como retorno. En un mundo que mide, compara y optimiza incluso los vínculos, el amor pierde su espesor. Lo que puede programarse, filtrarse o deslizarse no es amor, sino su espectro, en otras palabras para que nos entendamos mejor: una estrategia emocional, una transacción afectiva, una economía del deseo regulada por algoritmos de compatibilidad. Allí donde el encuentro cede ante la elección, el otro deja de ser misterio para convertirse en producto.

En la era del neoliberalismo, la depresión trasciende la esfera individual para revelarse como un síntoma estructural de una subjetividad atrapada en la autoexplotación y el narcisismo. Byung-Chul Han la define como una “enfermedad narcisista” porque emerge de un yo que no puede salir de sí mismo, encerrado en una dinámica de rendimiento constante donde el otro desaparece como referente vital. Este aislamiento subjetivo se vincula con la noción agambeniana de “vida desnuda”, en la que el ser humano es reducido a su mera existencia biológica, despojado de potencia y acción auténtica, viviendo una existencia despolitizada y carente de transformación.

El sujeto privado de Eros se convierte en un no muerto: demasiado vivo para morir, pero demasiado muerto para vivir en plenitud, atrapado en una rutina vacía que anula el deseo y la alteridad. Esta condición no solo representa una crisis del amor, sino también una fractura profunda en la capacidad humana de habitar la comunidad y la democracia. Recuperar el Eros, por tanto, es recuperar la potencia para abrirse al otro y reactivar la vida plena, una tarea urgente que trasciende lo personal para convertirse en un acto filosófico y político de resistencia contra la vida desnuda.

Pero, La agonía del Eros no es un texto nihilista. En medio del desierto emocional que describe, Han ofrece una vía de escape: la alteridad. Recuperar al otro como otro, como acontecimiento imprevisible, es también un gesto político. Alain Badiou, a quien Han cita, lo ha dicho con claridad en Elogio del amor: amar es “fundar una verdad desde la diferencia”. El amor no como contrato, ni como consumo, sino como “escena de lo Dos” que rompe con la lógica del Uno: el yo cerrado, la identidad blindada, el algoritmo que predice.

El amor, entonces, se vuelve un acto de disidencia frente a la sociedad del rendimiento. No es casual que el neoliberalismo haya mercantilizado incluso el deseo: lo ha reducido a una pulsión instantánea, a un clic. El porno —en sentido amplio— reemplaza al Eros porque es previsible, repetible, sin riesgo. Pero sin riesgo, no hay experiencia. Sin experiencia, no hay humanidad, y así.

Recuperar el Eros implica recuperar el tiempo lento, el silencio, la espera. Implica no saber, no poder, no tener. Implica también fracasar. Pero allí donde el sistema exige eficacia, el amor exige entrega. Allí donde se premia la gestión, el amor pide rendición.

La agonía del Eros no es un ensayo sobre relaciones románticas, sino sobre las condiciones ontológicas de nuestra existencia en común. Es un llamado (si se quiere) contra la deshumanización suave y eficiente del capitalismo tardío. Frente al empobrecimiento de lo humano, Han propone una recuperación del amor como posibilidad radical de ser-con-otros. Amar, hoy, es resistir. Es recuperar el misterio, la demora, el temblor de no saber quién es ese otro que, sin embargo, me transforma. En tiempos de algoritmos y rendimiento, el Eros sobrevive como una forma de revuelta.

Nuevamente con 1984 y el irme por las ramas, pero, así como el totalitarismo buscaba aniquilar el amor por considerarlo una amenaza al poder, el neoliberalismo actual, lo disuelve. La lógica de Tinder y el marketing personal no son menos destructivas que la censura estatal: simplemente operan desde dentro, haciendo del sujeto su propio vigilante.

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.

Badiou, A. (2009). Elogio del amor (N. Ferrer, Trad.). Nueva Visión.

Foucault, M. (2008). El nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979) (A. Fontana & F. Ewald, Eds.). Fondo de Cultura Económica.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. Gutiérrez, Trad.). Herder Editorial.

Heidegger, M. (2006). Seminarios de Zollikon (C. Roldán, Trad.). Herder Editorial.

Orwell, G. (2016). 1984 (C. G. de la Torre, Trad.). Debolsillo.

Platón. (2003). El banquete (M. Valcárcel, Trad.). Alianza Editorial.

miércoles, 18 de junio de 2025

¿Qué perdemos si dejamos de escribir a mano?

En la era de la hiperconectividad, nunca escribimos tanto… y nunca escribimos tan poco con nuestras propias manos. La paradoja es elocuente: vivimos inmersos en pantallas, tipeamos sin cesar, pero un simple formulario en papel puede intimidarnos. ¿Qué implica esta pérdida aparentemente banal? ¿Qué dejamos atrás, además de la caligrafía?

Si cuantificáramos el número de palabras escritas en WhatsApp, mails, chats, foros o redes sociales, podríamos pensar que estamos atravesando una edad de oro de la palabra escrita. Sin embargo, al observar el instrumento —el cuerpo, la mano, el gesto, el trazo—, lo que se revela es una sustracción constante (la escritura se va despojando gradualmente del espacio escolar, familiar y cotidiano). Es decir, no es que desaparece de golpe, sino que se le van quitando funciones, momentos, legitimidad. Esta sustracción es inadvertida, no dolida, ni siquiera percibida.

¿Podrías recordar cuándo fue la última vez que escribiste más de una página a mano? ¿O una carta? ¿O una nota extensa con sentido reflexivo, más allá de una lista de compras? Si no podés, no estás solo. Un estudio de IPSOS ya mostraba que, hace una década, el 40% de los españoles había abandonado la escritura manuscrita casi por completo. Hoy, esa cifra sería probablemente mayor.

En Francia, el 78% reconoce escribir menos a mano que hace diez años. En Alemania, más del 50% de los estudiantes no puede mantener una letra legible durante media hora. En Reino Unido, tres de cada nueve adultos no han escrito una palabra a mano en seis meses. Este fenómeno no es caprichoso ni anecdótico: es cultural, generacional y transversal.

En América Latina, las diferencias en el acceso a la tecnología generan realidades escolares contrastantes. Por ejemplo, en zonas rurales del norte argentino, como en pequeñas escuelas de Catamarca o Jujuy, la caligrafía no solo es el primer contacto con la escritura, sino el único durante varios años. En una escuelita de montaña, una docente rural contaba que sus alumnos aprenden a escribir copiando oraciones de una pizarra, en cuadernos cuadriculados donados por el gobierno. La caligrafía cursiva se enseña con dedicación: cada trazo correcto se celebra. No hay fotocopias, ni impresoras, ni mucho menos computadoras.

Ahora, si contrastamos esto con algunas escuelas públicas en la Ciudad de Buenos Aires, donde en primer grado los niños usan notebooks del Plan Sarmiento desde el primer trimestre, las actividades con Word o con aplicaciones para tipear palabras y completar oraciones ya forman parte de las tareas regulares. Algunos docentes cuentan que alumnos que aún no escriben su nombre con claridad ya saben buscar emojis o juegos en los navegadores. En un caso concreto, una maestra relató que un estudiante pidió permiso para usar el teclado "porque escribir a mano le dolía".

Algo similar ocurre en ciudades como Bogotá o Lima, donde el acceso a celulares es generalizado incluso en sectores populares. En barrios periféricos, hay chicos que nunca tuvieron una computadora, pero dominan el teclado de un teléfono: escriben en WhatsApp con soltura, aunque no logren organizar ideas con lápiz y papel.

Por otro lado, en comunidades indígenas como las del Chaco paraguayo, la enseñanza de la escritura a mano convive con la transmisión oral de saberes. En esas aulas, escribir a mano es más que una técnica: es parte de una negociación cultural entre lo escolar y lo comunitario. Se escriben cuentos tradicionales, se copian canciones, se dibujan alfabetos bilingües (en español y lengua indígena), y todo eso se hace a mano. No hay impresoras ni celulares disponibles. La escritura es un puente entre lo ancestral y lo institucional.

Estos contrastes muestran que, en algunos lugares, la escritura manuscrita sobrevive porque no hay alternativa, mientras que, en otros, es desplazada antes de que llegue a consolidarse. La brecha no es solo de acceso a la tecnología, sino del vínculo con el cuerpo, con la lengua y con el tiempo del aprendizaje.

Más que nostalgia: lo que se pierde no es (solo) la letra

Abandonar la escritura manuscrita no es únicamente dejar atrás un modo de trazar palabras, sino también el hecho de renunciar a una forma de pensamiento. Escribir a mano no solo involucra psicomotricidad fina: activa redes neuronales más complejas, exige una relación temporal distinta con el lenguaje (más lenta, más introspectiva) y permite otra apropiación del conocimiento.

Los estudios son claros. Por ejemplo, Mueller y Oppenheimer (2014) demostraron que los estudiantes que tomaban apuntes a mano retenían y comprendían mejor que quienes usaban computadoras. No por tradición, sino por funcionamiento cognitivo: escribir a mano nos obliga a procesar, reformular y sintetizar, mientras que tipear puede volverse una actividad mecánica.

En contextos educativos, esto no es menor. Mientras países como Finlandia anuncian que ya no enseñarán caligrafía cursiva, otros como Suecia vuelve a priorizarla ante la caída del rendimiento lector. ¿Estamos frente a una pedagogía del descuido?

Lo que se automatiza también se ¿disuelve?

La escritura digital, por su eficiencia, seduce. ¿Para qué escribir a mano si una IA puede transcribir nuestra voz, resumir textos o generar párrafos completos? Pero esa lógica de la productividad ignora lo que la escritura lenta permite: rumiar, equivocarse, tachar, dejar madurar una idea. Lo manuscrito tiene cuerpo, tiempo y pausa.

En esta transición, también la dimensión identitaria y emocional de la escritura se diluye. Como advierte Germán Belda, grafólogo: "La letra es como una huella dactilar".

La escritura digital homogeniza. Las letras son iguales en Word que en WhatsApp.

El yo se estiliza, pero se vuelve invisible.

Educación, mercado y cuerpos: ¿quién decide qué habilidades se pierden?

El debate no es solo cultural, es también político. ¿Qué tipo de sujeto forma una educación sin escritura manual? ¿Un consumidor digital más veloz, más eficiente, pero menos reflexivo? ¿Qué lugar queda para el error, el margen? ¿Dónde se forma la paciencia cognitiva, en un mundo que exige inmediatez?

La decisión de algunos gobiernos de abandonar la caligrafía responde a presiones del mercado laboral y a una lógica tecnocrática que confunde alfabetización digital con desarrollo intelectual. Pero no toda adaptación es evolución. Y no toda tecnología mejora la educación.

La psicopedagoga Sylvie Pérez propone un modelo híbrido, donde la escritura a mano conviva con herramientas digitales. Pero, ¿cómo sostener eso cuando en muchas escuelas los docentes ya no exigen caligrafía ni redacciones manuscritas? ¿No es acaso una renuncia progresiva, disimulada bajo el velo de la modernización?

Entre Matrix y Platón: cuerpo, mente y lenguaje

Las distopías digitales ya lo imaginaron: mentes separadas del cuerpo, donde el lenguaje flota en la nube, desmaterializado. Pero el pensamiento humano no es solo lógico. Como en la alegoría de la caverna, si solo vemos sombras en pantallas, ¿qué formas verdaderas estamos dejando de tocar?

El teclado no reemplaza al trazo, como la velocidad no reemplaza a la profundidad. Es posible que la escritura manuscrita se convierta en una práctica minoritaria, casi artística o ritual. Pero es urgente reflexionar qué consecuencias tiene eso para nuestra memoria, nuestra identidad y nuestra autonomía como sujetos.

Reivindicar la escritura a mano no es nostalgia, ni rechazo al futuro. Es un acto de defensa de lo humano. No todo lo rápido es mejor. No todo lo nuevo es progreso. En la era de la inteligencia artificial, escribir a mano podría ser uno de los últimos gestos verdaderamente nuestros.

Referencias bibliográficas

Baricco, A. (2018). The Game. Anagrama.

Giner Muñoz, E., & Ortiz de Obregón, A. (2024, septiembre 24). ¿Cada vez es peor nuestra caligrafía? No solo el uso de la tecnología afecta a nuestra manera de escribir. El País.

Mueller, P. A., & Oppenheimer, D. M. (2014). The pen is mightier than the keyboard: Advantages of longhand over laptop note taking. Psychological Science, 25(6), 1159–1168.

 

lunes, 2 de junio de 2025

Reflexiones a partir de Soldados de María Teresa Andruetto e Historia de un caballo de León Tolstói

La memoria, debe sostenerse en el tiempo, en los cuerpos, en las instituciones, no solo en las palabras

Nombrar no es un gesto neutro. Decir un apellido, recordar una historia, prestar atención a una voz silenciada, implica intervenir en el tejido de lo que una comunidad llama historia. En los cuentos Soldados, de María Teresa Andruetto, e Historia de un caballo, de León Tolstói, el lenguaje no es solo un vehículo narrativo, sino escenario de discusión. Este ensayo se detiene en esa disputa: ¿De qué modo se configura el sentido cuando el lenguaje se convierte en campo de batalla entre el poder y la memoria?

En Como si fuesen fábulas, María Teresa Andruetto escribe una serie de relatos breves que más que funcionar como fábulas tradicionales con moraleja, abren zonas de reflexión. Con una prosa austera, Andruetto crea pequeñas escenas cargadas de silencios, donde lo implícito y lo simbólico tienen tanto peso como lo dicho. En este libro, las palabras no solo cuentan, sino que también buscan interrogar. En el cuento Soldados, la autora propone una reflexión sobre los límites de lo nacional, la fragilidad de los símbolos patrios y el modo en que el lenguaje participa en la construcción —y desconstrucción— de las identidades colectivas.

Por otro lado, Historia de un caballo de León Tolstói, al dar voz a un animal, Jolstomer, que narra su experiencia de servidumbre, nos pone frente a la reflexión sobre la construcción del sujeto a través del lenguaje y la memoria, así como sobre la manera en que el poder se inscribe en esas prácticas discursivas. Ambos relatos, aunque desde perspectivas y contextos distintos, coinciden en poner sobre la mesa las nociones de memoria, identidad y poder, y en mostrar cómo el lenguaje actúa como espacio de disputa simbólica. Ambos relatos colocan al lenguaje en el centro de la experiencia histórica.

Memoria y resistencia en Soldados

El relato Soldados nos muestra una escena aparentemente simple: una enumeración de apellidos mapuche que en sí misma podría pasar desapercibida. Pero esta simpleza es, en realidad, una superficie que se quiebra cuando indagamos qué significa nombrar en un contexto donde el olvido ha sido impuesto como política de Estado. ¿Qué es nombrar sino reconocer la existencia de un otro que la historia dominante se empeña en eliminar? En ese gesto —decir un nombre, repetirlo, dejarlo resonar— emerge una resistencia silenciosa pero profunda: “Catrihual, Catrilaf, Cayupán […] No se trata de una intervención poética ni de un mensaje encriptado”.

Desde una perspectiva foucaultiana, el poder no solo se ejerce a través de la violencia física, sino también por medio de discursos que normalizan ciertas verdades y excluyen otras. En este orden, la historia oficial ha construido una narrativa que invisibiliza la participación de los pueblos originarios en la Guerra de Malvinas, relegándolos a un lugar periférico o inexistente. El listado de apellidos indígenas, entonces, se convierte en un quiebre, en un acto discursivo que busca desafiar el régimen de una verdad que ha sido impuesta. Es un modo de subvertir la genealogía oficial y restituir memorias que fueron acalladas.

Pero, ¿hasta qué punto este nombrar es efectivo? ¿No corre también el riesgo de ser asimilado o neutralizado por ese mismo poder? Aquí se abre la paradoja: la resistencia se da en el mismo campo donde el poder circula, y no fuera de él. No podemos pensar la memoria como un espacio puro e independiente; está siempre atravesada por relaciones de fuerza, por discursos que la moldean. Nombrar es un acto político, sí, pero también una práctica frágil que necesita ser sostenida y reiterada para que no se desvanezca.

Ahora, esta repetición de los apellidos no es casual ni redundante: es la insistencia de la memoria frente al olvido, el intento de fijar lo fugaz, de contrarrestar el borramiento. Pero también es una llamada al lector, un interpelar(nos) que busca hacer visible lo invisible y, en consecuencia, poner en cuestión las bases mismas de la identidad nacional. ¿Quién es el nosotros que celebra la patria? ¿Quiénes quedan excluidos de esa narrativa? La lista es un fragmento de respuesta, una reivindicación de existencia que reclama justicia histórica y reconocimiento social: “¿Qué es el suelo manchado de sangre para quienes son como su nombre lo dice gente de la tierra?”.

Lenguaje, poder y subjetividad en Historia de un caballo

Tolstói no se limita a otorgar voz a un caballo: expone una jerarquía naturalizada que ha relegado históricamente a los animales al silencio y a la pasividad. La voz narrativa del caballo, en tanto testimonio de una conciencia afectada por el paso del tiempo, el dolor y la domesticación, se instala como una anomalía crítica: un animal que habla no solo interpela la ficción, sino que también desestabiliza los regímenes discursivos que han delimitado lo humano como único portador de memoria, agencia y subjetividad.

En el acto de narrar su historia, el caballo revela un proceso de desposesión identitaria que opera a través del lenguaje. Cada vez que cambia de amo, cambia también su nombre. No es él quien se nombra, sino el otro. El caballo no posee una identidad fija: es configurado por la mirada del amo, por su utilidad, por el rol que se le asigna en cada circunstancia. La frase “Yo era un caballo joven, hermoso y ágil. Me llamaban Kholstomer” condensa esta paradoja: el yo es narrado en retrospectiva desde una conciencia dividida, pero ese yo nunca fue dueño de sí, porque su nombre, como su cuerpo, ha sido expropiado. Nombrar, entonces, no es un gesto de reconocimiento, sino un acto de apropiación. El lenguaje no designa: inscribe, somete, organiza.

En ese marco, Historia de un caballo propone una crítica en la manera en que el poder trabaja sobre los cuerpos a través de mecanismos simbólicos. Nombrar no es solo una cuestión lingüística, sino una práctica política que clasifica y en consecuencia, jerarquiza. Siguiendo una lógica biopolítica —aunque anterior al término mismo—, Tolstói expone cómo la vida puede ser administrada, fragmentada, valorada o desechada de acuerdo con parámetros impuestos desde una racionalidad dominante. El caballo, que en distintos momentos es un orgullo de cuadra, un instrumento de guerra o una sombra descartada, pasa a ser un cuerpo disponible, intercambiable, despojado de singularidad. No importa quién es, sino para qué sirve.

El lenguaje en esta historia no humaniza: regula. El amo que dice mi caballo, sin embargo, no enuncia una relación afectiva, sino una fórmula de posesión. Esa pertenencia, fundada en el derecho de nombrar, despoja al animal de cualquier posibilidad de autodeterminación. Pero la narración misma —el acto de contar su historia desde la muerte, desde la descomposición del cuerpo— se presenta como una resistencia tardía, una forma de reapropiación del relato que desafía la lógica que lo construyó como objeto. En el gesto de narrar, el caballo interrumpe el régimen que lo excluía y, por un instante, produce un sujeto que no había tenido lugar en la gramática del poder. El caballo funciona como una figura liminar: ni plenamente sujeto, ni completamente objeto. Es precisamente en esa ambigüedad donde se visibiliza el carácter performativo del lenguaje, que describe, produce e impone realidades. Y si el lenguaje configura identidades, entonces resistir también implica reapropiarse de él, interrumpir su cauce dominante.

El relato no resuelve la fricción entre voz y dominación, pero la hace visible. Y en esa visibilidad está su potencia política. Porque si incluso un caballo puede contar la historia de su sometimiento, ¿quién queda fuera del lenguaje?, ¿quién puede seguir siendo silenciado sin que eso se note?

En ambos relatos, Soldados e Historia de un caballo, el lenguaje se presenta no solo como medio de comunicación, sino como campo de batalla donde se disputa la memoria, la identidad y el poder. Nombrar se convierte en un acto político, un gesto que desafía el olvido y la opresión, pero que también revela la fragilidad de cualquier resistencia cuando se enfrenta a las estructuras discursivas dominantes.

Si el poder se ejerce inscribiendo verdades y excluyendo otras, entonces nuestra tarea es desestabilizar esas verdades hegemónicas, abrir espacios para las voces silenciadas, y reconocer que la historia oficial no es la única historia posible. La memoria es una práctica activa, nunca neutra ni definitiva; es un proceso de reescritura constante, donde se encuentran las fuerzas del olvido y la reivindicación.

Referencias bibliográficas

Butler, J. (2002). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.

Foucault, M. (1992). Microfísica del poder (2.ª ed.). La Piqueta.

Foucault, M. (1996). La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.

Saer, J. J. (1991). Historia de un caballo. En La mayor (pp. 97–104). Seix Barral.

Segovia, L. (2019). Soldados. En L. Segovia, ¿Quién mató a la niña Robin? (pp. 55–57). Editorial Palabrava.

Spivak, G. C. (2003). ¿Puede hablar el subalterno? (M. Domínguez y E. Gago, Trads.). Espacio Editorial.

Lecturas sugeridas

Benjamin, Walter (2007). Para una crítica de la violencia. En Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Taurus.

Rancière, Jacques (2005). El desacuerdo: Política y filosofía. Nueva Visión.

viernes, 30 de mayo de 2025

Canaima herido: el ocaso de un símbolo natural bajo el yugo de la minería ilegal

 

Observatorio de Ecología Política de Venezuela, Business & Human Rights Resource Centre

"El alma del mundo está en los lugares donde aún no ha sido rota por el hombre" —Anónimo pemón

El Parque Nacional Canaima, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, ha sido por décadas la imagen viva del paraíso sudamericano: hogar del imponente Salto Ángel —la cascada más alta del planeta—, de los ancestrales tepuyes y de los pueblos indígenas que han sabido convivir con la selva sin herirla. Sin embargo, hoy este santuario natural, emblema de la venezolanidad y reserva espiritual de la humanidad, está siendo devastado por una actividad que devora silenciosa y brutalmente: la minería ilegal.

Lejos del romanticismo ecológico de Gallegos en Canaima (1935), donde la selva imponía sus leyes ante el hombre civilizado, la realidad actual invierte los papeles: el hombre, armado de codicia y mercurio, ha sometido al bosque. Según la organización SOS Orinoco, Venezuela ha perdido más de 820.000 hectáreas de selva amazónica entre 2000 y 2024. Esta superficie, mayor que Puerto Rico, ha desaparecido ante el avance de la minería ilegal, respaldada por grupos armados y estructuras paraestatales.

Esta devastación no es solo un crimen ambiental, sino también cultural. Los pemones, custodios ancestrales del territorio, han sido desplazados o sometidos a condiciones laborales propias del extractivismo más crudo. El Salto Ángel, conocido como Kerepakupai Vená en lengua pemón, ya no es solamente símbolo de admiración natural: es también testigo de la impunidad.

El oro maldito: economía de la devastación

Recordemos a El Dorado que obsesionó a los cronistas coloniales, parece haber regresado bajo otra forma: la codicia por el oro y el coltán mueve economías clandestinas que, según denuncias de El Nuevo Herald, generan hasta 1.500 millones de dólares al año para consorcios vinculados al entorno presidencial. La minería ya no se limita a zonas remotas del Orinoco; ha penetrado el corazón de Canaima.

El periodista José María Briceño Guerrero, en sus reflexiones sobre la “Tragedia del mestizaje”, ya advertía que el destino latinoamericano estaba atado a una relación conflictiva con la tierra: ni completamente indígena ni enteramente europeo, el venezolano contemporáneo ha oscilado entre la explotación y la desposesión. En Canaima, esa tensión se convierte en una herida abierta.

El mercurio, utilizado de forma rudimentaria e ilegal para separar el oro del sedimento, se ha convertido en uno de los mayores agentes tóxicos en el sur venezolano. Este metal pesado no se degrada fácilmente: se acumula en el agua, en los peces, y, finalmente en los cuerpos humanos que los consumen. En ríos como el Carrao, columna vertebral hídrica del Parque Nacional Canaima, los efectos son devastadores. Las comunidades indígenas pemón, que históricamente han vivido en armonía con este ecosistema, ven ahora afectada su salud por enfermedades neurológicas, problemas reproductivos y daños genéticos. Investigaciones de la Universidad de los Andes (ULA) y del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) han confirmado niveles alarmantes de mercurio en sangre en estas poblaciones, que están siendo envenenadas lentamente sin protección ni atención médica adecuada. Lo que ocurre no es solo una catástrofe ecológica: es también una violación sistemática de los derechos humanos y culturales de los pueblos originarios.

La situación en Canaima no es un caso aislado: forma parte de un colapso ambiental en cadena que recorre todo el país. El Lago de Maracaibo, el cuerpo de agua más grande de América del Sur agoniza bajo la proliferación de algas y la constante fuga de crudo que cubre sus orillas como una piel enferma. El Lago de Valencia, cada vez más salinizando por la descarga de aguas negras, amenaza con desbordarse y contaminar comunidades cercanas. En el Caribe venezolano, la expansión descontrolada de la Unomia stolonifera —una especie invasora de coral blando— ha desplazado fauna marina nativa y alterado irreversiblemente los arrecifes. Todo esto ocurre en un contexto de desinstitucionalización de la política ambiental: el Ministerio del Ambiente fue disuelto en 2014 y sustituido por organismos sin capacidad técnica ni voluntad política. Venezuela se ha convertido, en palabras del geógrafo Carlos Walter Porto-Gonçalves, en un “territorio laboratorio del extractivismo salvaje”, donde los ciclos de vida y muerte se aceleran sin ningún tipo de contención ética, legal o ecológica.

¿Y la comunidad internacional?

La pasividad internacional, envuelta en debates diplomáticos o intereses geopolíticos, ha hecho poco por contener esta destrucción. La situación de Canaima exige no solo sanciones o denuncias, sino una coalición urgente de defensa ambiental y cultural.

Como diría Eduardo Galeano, “la naturaleza está al servicio del capital hasta que colapsa; después, ya no interesa”. En Canaima, ese colapso está en curso.

Referencias bibliográficas y documentales

Briceño, J. M. El laberinto de los tres minotauros. Monte Ávila, 1990.

El Nuevo Herald. “Consorcio ligado a familia de Maduro gana millones con el oro ilegal”, 2024.

Fernández, L., & Gómez, R. (2020). Minería ilegal y contaminación ambiental en la cuenca del río Carrao, Canaima.
Memorias del Congreso Venezolano de Ciencias Ambientales, pp. 123-135.

Fundación Tierra Viva. Amazonía venezolana: crisis, territorios y resiliencia, 2021.

Gallegos, R. Canaima. Editorial Araluce, 1935.

Human Rights Watch. “Venezuela’s Gold: Violence and Impunity in the Mining Arc”, 2020.

Pérez, J., & Rivas, D. (2019). Impacto del mercurio en la salud de comunidades indígenas en la Gran Sabana, Venezuela.
Revista Científica de la Universidad de Los Andes, Vol. 24(2), pp. 45-62.

Rodríguez, M., et al. (2018). Contaminación por mercurio y evaluación genotóxica en poblaciones indígenas del sur de Venezuela.
Boletín del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), 31(1), pp. 98-110.

SOS Orinoco. Reportes de deforestación y minería ilegal en Venezuela, 2023.

UNESCO. Patrimonios en peligro: Canaima, 2022. 

La arquitectura del chavismo: génesis de la nueva anormalidad venezolana

  Aguafuerte  perteneciente a la serie  Nosotros no somos los últimos  (1970), de Zoran Music Entender la Venezuela de hoy requiere cambiar ...