En una época en la que el capitalismo ha logrado infiltrar incluso los pliegues más íntimos de la vida humana, el amor —ese vínculo que escapa a toda lógica de productividad y rendimiento— parece estar en agonía. No una muerte súbita, no, sino una lenta erosión. Tal es la tesis que atraviesa La agonía del Eros (2014) de Byung-Chul Han, un ensayo breve pero que va con todo, que se alza como un diagnóstico demoledor de nuestra era. El Eros, entendido no sólo como pulsión amorosa sino como fuerza ontológica y condición de posibilidad para lo humano, ha sido neutralizado por una cultura que todo lo vuelve visible, cuantificable y funcional. Nada de esto es nuevo.
La crisis del amor no es solo afectiva: es política. En la lógica neoliberal, el sujeto ya no se enfrenta a un otro; se reproduce a sí mismo en un narcisismo absoluto. “El infierno de lo igual” —como lo nombra Han— no es sólo una metáfora: es la cancelación de toda alteridad. El amor, en tanto que exige la presencia de un otro radical, imprevisible, no domesticable, resulta una amenaza para un sistema que promueve la autogestión, la transparencia obscena y la hipervisibilidad como forma de control.
Byung-Chul Han se inscribe en una tradición filosófica que ha denunciado los mecanismos sutiles del poder contemporáneo, especialmente aquellos que erosionan la subjetividad desde dentro. En línea con Michel Foucault —quien ya había identificado en El nacimiento de la biopolítica la emergencia del sujeto empresarial como figura dominante del neoliberalismo— Han advierte que hoy no hacen falta opresores visibles: el individuo ha interiorizado la lógica del rendimiento al punto de convertirse en su propio carcelero. Se exige, se evalúa, se mercantiliza como si fuera una marca personal. La dominación ya no requiere violencia: se ejerce como libertad. Y esto me lleva inevitablemente a pensar en 1984 (como siempre), en este régimen, el modelo panóptico no desaparece. La cámara de vigilancia ahora está en la mente. El Gran Hermano ha sido reemplazado por el Yo ideal.
En este escenario, el amor se vuelve una experiencia profundamente disfuncional, casi peligrosa para el sistema. Amar exige pausa, entrega, exposición: tres gestos que desafían la lógica del rendimiento. En 1984, el Partido destruye el amor entre Winston y Julia porque toda pasión que no sea dirigida al poder es subversiva. En cambio, en el neoliberalismo emocional que describe Han, el amor no se reprime: se disuelve. La intimidad se convierte en capital simbólico, y el otro, en un accesorio emocional al servicio de la autovaloración. Tinder y sus correlatos no causan esta lógica: son su expresión más transparente. Como en la distopía de Orwell, donde la fidelidad al Partido suplanta todo lazo afectivo, el sujeto neoliberal termina por amar su propia productividad más que a cualquier otro. Ya no se le impide amar: simplemente se le vuelve imposible.
Vale, continuemos.
“La experiencia del otro es lo que hace posible lo humano”, afirma Han. Pero ¿qué sucede cuando el otro desaparece, o, cuando es asimilado como espejo de mí mismo? En una sociedad que ha confundido la exposición con la presencia, el otro es consumido en la superficie. En pocas palabras, la transparencia absoluta se vuelve pornográfica: anula el misterio, la demora, la distancia. Eros necesita opacidad, no para ocultar, sino para seducir, para convocar el deseo como viaje hacia lo no sabido.
Aquí el filósofo dialoga con Platón y su concepción del Eros como impulso hacia la belleza y la verdad. Pero también con Heidegger, cuando en los Seminarios de Zollikon señala que lo esencial, como, el dolor, el amor, el sentido, no es calculable. El Eros, como la filosofía, se mueve por lo inapropiable, por aquello que no puede reducirse a función, ni preverse como retorno. En un mundo que mide, compara y optimiza incluso los vínculos, el amor pierde su espesor. Lo que puede programarse, filtrarse o deslizarse no es amor, sino su espectro, en otras palabras para que nos entendamos mejor: una estrategia emocional, una transacción afectiva, una economía del deseo regulada por algoritmos de compatibilidad. Allí donde el encuentro cede ante la elección, el otro deja de ser misterio para convertirse en producto.
En la era del neoliberalismo, la depresión trasciende la esfera individual para revelarse como un síntoma estructural de una subjetividad atrapada en la autoexplotación y el narcisismo. Byung-Chul Han la define como una “enfermedad narcisista” porque emerge de un yo que no puede salir de sí mismo, encerrado en una dinámica de rendimiento constante donde el otro desaparece como referente vital. Este aislamiento subjetivo se vincula con la noción agambeniana de “vida desnuda”, en la que el ser humano es reducido a su mera existencia biológica, despojado de potencia y acción auténtica, viviendo una existencia despolitizada y carente de transformación.
El sujeto privado de Eros se convierte en un no muerto: demasiado vivo para morir, pero demasiado muerto para vivir en plenitud, atrapado en una rutina vacía que anula el deseo y la alteridad. Esta condición no solo representa una crisis del amor, sino también una fractura profunda en la capacidad humana de habitar la comunidad y la democracia. Recuperar el Eros, por tanto, es recuperar la potencia para abrirse al otro y reactivar la vida plena, una tarea urgente que trasciende lo personal para convertirse en un acto filosófico y político de resistencia contra la vida desnuda.
Pero, La agonía del Eros no es un texto nihilista. En medio del desierto emocional que describe, Han ofrece una vía de escape: la alteridad. Recuperar al otro como otro, como acontecimiento imprevisible, es también un gesto político. Alain Badiou, a quien Han cita, lo ha dicho con claridad en Elogio del amor: amar es “fundar una verdad desde la diferencia”. El amor no como contrato, ni como consumo, sino como “escena de lo Dos” que rompe con la lógica del Uno: el yo cerrado, la identidad blindada, el algoritmo que predice.
El amor, entonces, se vuelve un acto de disidencia frente a la sociedad del rendimiento. No es casual que el neoliberalismo haya mercantilizado incluso el deseo: lo ha reducido a una pulsión instantánea, a un clic. El porno —en sentido amplio— reemplaza al Eros porque es previsible, repetible, sin riesgo. Pero sin riesgo, no hay experiencia. Sin experiencia, no hay humanidad, y así.
Recuperar el Eros implica recuperar el tiempo lento, el silencio, la espera. Implica no saber, no poder, no tener. Implica también fracasar. Pero allí donde el sistema exige eficacia, el amor exige entrega. Allí donde se premia la gestión, el amor pide rendición.
La agonía del Eros no es un ensayo sobre relaciones románticas, sino sobre las condiciones ontológicas de nuestra existencia en común. Es un llamado (si se quiere) contra la deshumanización suave y eficiente del capitalismo tardío. Frente al empobrecimiento de lo humano, Han propone una recuperación del amor como posibilidad radical de ser-con-otros. Amar, hoy, es resistir. Es recuperar el misterio, la demora, el temblor de no saber quién es ese otro que, sin embargo, me transforma. En tiempos de algoritmos y rendimiento, el Eros sobrevive como una forma de revuelta.
Nuevamente con 1984 y el irme por las ramas, pero, así como el totalitarismo buscaba aniquilar el amor por considerarlo una amenaza al poder, el neoliberalismo actual, lo disuelve. La lógica de Tinder y el marketing personal no son menos destructivas que la censura estatal: simplemente operan desde dentro, haciendo del sujeto su propio vigilante.
Referencias bibliográficas
Agamben, G. (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.
Badiou, A. (2009). Elogio del amor (N. Ferrer, Trad.). Nueva Visión.
Foucault, M. (2008). El nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979) (A. Fontana & F. Ewald, Eds.). Fondo de Cultura Económica.
Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros (R. Gutiérrez, Trad.). Herder Editorial.
Heidegger, M. (2006). Seminarios de Zollikon (C. Roldán, Trad.). Herder Editorial.
Orwell, G. (2016). 1984 (C. G. de la Torre, Trad.). Debolsillo.
Platón. (2003). El banquete (M. Valcárcel, Trad.). Alianza Editorial.

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