martes, 5 de agosto de 2025

El cuento de la criada: distopía y espejo de nuestro presente

 

Elisabeth Moss en El cuento de la criada (2017)

Margaret Atwood escribió El cuento de la criada no como una fantasía futurista sino como una advertencia especulativa basada en hechos y tendencias muy reales. Esta novela se inscribe en la tradición de la distopía, esa forma literaria que no busca inventar tecnologías imposibles, sino que extrapola las tensiones sociales, políticas y culturales de nuestro tiempo para mostrarnos un posible futuro aterrador que parece no ser tan lejano. En ese sentido, el relato de Atwood no solo reconstruye una teocracia patriarcal inspirada en los puritanos y sus jerarquías, sino que nos obliga a mirar con atención el presente y reconocer las semillas de control, desigualdad y autoritarismo que ya existen en el mundo real.

Desde una perspectiva filosófica, El cuento de la criada se vuelve un punto de encuentro entre dos máximas poderosas: la tensión entre libertad y control, y la naturaleza cíclica del poder y la resistencia. La primera máxima nos recuerda que la libertad humana no es un regalo seguro, sino un terreno en disputa, constantemente amenazado por quienes buscan controlar cuerpos, ideas y deseos. La segunda, aunque menos explícita en la novela, se refleja en cómo la historia se repite y recicla estructuras de dominación disfrazadas de progreso o seguridad. Atwood, al retratar una sociedad que retrocede a prácticas del siglo XIX bajo un velo bíblico y tecnocrático, nos recuerda que el tiempo no avanza siempre hacia la luz; a veces, la sombra vuelve con formas renovadas.

Hoy en día, esta advertencia resuena con particular fuerza. Tomemos, por ejemplo, el aumento global de legislaciones restrictivas sobre los derechos reproductivos de las mujeres. En Estados Unidos, la decisión de la Corte Suprema en 2022 que revocó Roe v. Wade ha llevado a que más de 20 estados impongan severas limitaciones o prohibiciones al aborto, afectando la autonomía corporal de millones. Más allá del país norteamericano, en Polonia, desde 2020 se endureció la ley de aborto hasta casi una prohibición total, provocando protestas masivas y un retroceso en derechos que se creían consolidados en Europa. Estas políticas no son simples excepciones, sino síntomas de una corriente global que busca controlar el cuerpo femenino y redefinir roles sociales en clave autoritaria.

La preocupación por el control y la opresión va mucho más allá del ámbito reproductivo que explora Atwood. En Myanmar, desde el golpe de Estado de 2021, la represión de manifestantes y la persecución sistemática de minorías evidencian cómo los regímenes totalitarios se sirven del miedo y la violencia organizada para aplastar cualquier disidencia y reconfigurar la sociedad conforme a su ideología. Paralelamente, en Europa, los gobiernos conservadores de Hungría y Polonia han impulsado reformas judiciales que socavan la independencia del poder judicial. En Hungría, el ejecutivo ha aumentado su control sobre el sistema judicial, limitando la autonomía de los tribunales y modificando la composición del Consejo Nacional Judicial; en Polonia, se ha reformado el Tribunal Constitucional para designar magistrados afines y se ha instaurado un sistema disciplinario que amenaza con sancionar a jueces que fallen en contra del gobierno. Estas medidas, justificadas bajo la defensa de “valores tradicionales” y la “seguridad” nacional, erosionan las bases de la democracia y concentran el poder en manos de unos pocos.

En un terreno más sutil pero igualmente alarmante, la expansión del control digital plantea inquietantes cuestionamientos sobre la privacidad y la autonomía individual en el siglo XXI. Desde la vigilancia masiva mediante reconocimiento facial en China hasta la manipulación algorítmica y la censura en redes sociales, estas prácticas tecnológicas nos recuerdan la vigilancia omnipresente y la pérdida de libertad que sufren las criadas en la ficción de Atwood. Este presente de control y monitoreo constante resuena peligrosamente con la distopía que Atwood imagina, donde la intimidad se desvanece y la autonomía se subordina a un poder absoluto.

Desde la perspectiva de la filosofía crítica, especialmente en la tradición de pensadores como Jürgen Habermas, esta realidad tecnológica plantea un desafío al concepto de “acción comunicativa” y a la esfera pública, fundamentales para la autonomía y la deliberación democrática. Habermas alerta sobre la colonización del mundo de la vida por sistemas técnicos y burocráticos que distorsionan la comunicación auténtica y reducen la capacidad de los individuos para participar libremente en el diálogo social. La vigilancia digital y la manipulación algorítmica funcionan como mecanismos que no solo controlan comportamientos, sino que también limitan las posibilidades de interacción crítica y autogobierno, restringiendo la libertad de elegir y actuar en el espacio público. Así, estas tecnologías configuran un nuevo tipo de poder que se impone silenciosamente, erosionando la autonomía individual y colectiva, tal como lo anticipa Atwood en su obra.

Por último, el fenómeno global de la desigualdad económica y la precarización del trabajo también encajan en esta narrativa distópica. La concentración de riqueza en manos de una élite, mientras millones viven en la incertidumbre y la marginalidad, reproduce las jerarquías estrictas y excluyentes que definen la sociedad de Galaad. No es casualidad que, en varios países, desde Brasil hasta Sudáfrica, la violencia de género y la exclusión social se profundicen en contextos donde la justicia es frágil y las instituciones están permeadas por intereses particulares.

Las dinámicas que Atwood dibuja con tanta precisión no están confinadas a un relato. Son realidades fragmentadas, que (nos) invitan a pensar si las sociedades democráticas actuales están tomando las medidas necesarias para evitar ese camino de pérdida de libertades y derechos. ¿Estamos atentos a cómo la combinación de crisis económicas, políticas conservadoras y nuevas tecnologías puede crear un caldo de cultivo para regímenes que usen la religión, el miedo y la exclusión como herramientas de dominación? ¿O seguiremos creyendo que esas distopías solo son ficción?


Referencias bibliográficas

Atwood, M. (2017). El cuento de la criada (A. Molina, Trad.). Salamandra. (Obra original publicada en 1985)

Foucault, M. (2009). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (2ª ed.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975)

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa. Volumen 1: Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

La arquitectura del chavismo: génesis de la nueva anormalidad venezolana

  Aguafuerte  perteneciente a la serie  Nosotros no somos los últimos  (1970), de Zoran Music Entender la Venezuela de hoy requiere cambiar ...